Actividad Científica del Dr. Bernardo Ebrí

Los interesados en poder descargar publicaciones médicas científicas del Dr. Bernardo Ebrí Torné, pueden hacer "clic" en

https://www.researchgate.net/profile/Bernardo_Ebri/stats

Para descargar el programa informático para el cálculo de la Edad ósea en niños, guía explicativa como usarlo, sobre la radiografía de mano izquierda, y luego poder predecir la talla adulta del niño (niños de 0,5 años a 20); específicos programas para niños de 0 a 4 años a través de la radiografía de mano y de pie) (En español y lengua inglesa),publicaciones a este respecto, libro sobre Maduración Esquelética etc.,.., introducirse en la siguiente web: www.comz.org/maduracion-osea
Se abrirá el portal al hacer "clic" y allí, se encuentra toda la información, con posibilidad de descarga.
El método esta siendo utilizado por pediatras, radiólogos, de España, Italia, México, Venezuela...
Comentarios en https://sites.google.com/site/doctorbernardoebri/prueba


Salmos 91:4 y 46:1. El amor de Dios

Salmos 91:4 y  46:1. El amor de Dios
"Pues te cubrirá con sus plumas y bajo sus alas hallarás refugio. ¡Su verdad será nuestro escudo y tu baluarte". "Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia"

Friday, November 2, 2012

El mandamiento del amor y la felicidad

Comentario al evangelio del Domingo 31° T.O./B


ROMA, jueves 1 noviembre 2012 (ZENIT.org).-Ofrecemos el comentario al evangelio del próximo domingo de nuestro colaborador padre Jesús Álvarez, paulino.

Por Jesús Álvarez SSP

“Un maestro de la ley que había oído la discusión, viendo que les había contestado bien, se le acercó y le preguntó: --¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús respondió: --El primero es: Escucha, Israel: el Señor, Dios nuestro, es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos. El escriba le dijo: --Muy bien, maestro; con razón has dicho que él es uno solo y que no hay otro fuera de él, y amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale mucho más que todos los holocaustos y sacrificios. Jesús, al ver que había respondido tan sabiamente, le dijo: --No estás lejos del reino de Dios”. (Mc 12, 28-34)
No era ociosa la pregunta del escriba al Maestro sobre el principal de los mandamientos, pues ellos tenían 613 mandamientos, entre los cuales se esfumaban los Diez Mandamientos dados por Dios a Moisés. Gran parte de aquel cúmulo de mandatos eran invenciones humanas para evadir el principal mandamiento, que justamente los sintetiza todos, el mandamiento del amor: "Amarás al Señor tu Dios…; amarás a tu prójimo…”.
También hoy la gran parte de los cristianos, después de veinte siglos del Evangelio del amor, seguimos sustituyendo, en la práctica, el primero y máximo mandamiento por un abundante catálogo de normas morales, disciplinares, canónicas, eclesiásticas, civiles, familiares, buenos modales, costumbres, ritos…, ¿quizás con el ingenuo pretexto de que siempre se ha hecho así? Y no se trata de cosas malas, sino que se vuelven inhumanas e idolátricas cuando suplantan la ley del amor, lo cual sucede tan a menudo.
Jesús, con su nacimiento, vida, muerte y resurrección, tuvo un único objetivo: enseñarnos que Dios nos ama y enseñarnos a corresponderle amándolo a él y amándonos unos a otros. Es más: él superó y nos pide que superemos el mandamiento antiguo de "amar al prójimo como a sí mismo", cambiándolo por el suyo: "Ámense los unos a los otros como yo los amo". Él nos reveló su forma de amar: "Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por los que ama".
El verdadero amor a Dios y al prójimo es la única fuente de la felicidad y de la libertad en el tiempo y en la eternidad. Pero la mayoría pretenden beber el agua de la felicidad sin conectarse a su fuente, y buscan todos los charcos contaminados de los placeres: drogas, alcohol, orgías, sensualidad, lujos, poder…, incluso a costa del sufrimiento y de la infelicidad del prójimo. Lo cual sucede también entre gente que se tiene por “muy religiosa”.
Se hace pasar por amor lo que es puro egoísmo, y por felicidad lo que es sólo cosquillas superficiales del sistema nervioso. Son muchas las cosas que gustan, pero que no llenan, porque no son justas, y terminan por llevar a la total infelicidad. Es el pan envenenado de cada día en la sociedad de consumo, que va camino hacia la autodestrucción.
Amar como Cristo Jesús ama, es nuestra vocación, realización, libertad y felicidad en el tiempo y en la eternidad. El amor a Dios y al prójimo no pueden reducirse a un código rígido y moralizador. Es libertad para mejorar las expresiones y experiencias de ternura, de amistad, de dulzura.
El amor es fuego encendido por el Espíritu Santo en el corazón humano, que está hecho a imagen del corazón de Dios-Amor-Cariño-Ternura al infinito. "Si me falta el amor, de nada me sirve…". El mandamiento del amor no es pesado, sino que da alas a toda la vida.



Sunday, October 28, 2012

El Separatismo, un desatino y una deslealtad

Publicado por Bernardo Ebri Torné el 28 Octubre 2012 en Sociopolítica en el El LibrePensador



Desatino es manipular sentimentalmente al pueblo con manejos emocionales y mesiánicos. Deslealtad es morder la mano que te alimenta y te quiere, y te ha dado tu propia mano de obra. Y no solo es deslealtad, sino obscenidad, traspasando la línea roja de lo legal y de lo punible.
Desatino es engañar con falsas realidades y promesas como la de un mundo feliz sin la madrastra que nos oprime. Deslealtad es hablar de robo y de expolio cuando no es verdad. Desatino es manipular a los niños desde su más tierna infancia y envenenar sus conciencias con fábulas y mentiras sobre España.
Todo ello es desatino y deslealtad. Desatino es fomentar desde la política la insolidaridad entre las tierras de España y españoles. Intentar mantener el aparato nacionalista a expensas del pueblo y de sus necesidades más vitales y echar la culpa al resto de los españoles de los males propios es una obscenidad.
La soberbia del hombre origina los nacionalismos excluyentes e insolidarios. Estos se convierten en dictaduras excluyentes no solo de aquellos que no piensan como ellos, sino al final de todos los que se cobijan en su suelo. Bajo excusa de democracia esta es utilizada como pretexto de acceso al poder y una vez allí convertirse en dictadura totalitaria, esclavizando al propio hombre, su libertad y su propia vida ordinaria.
Por el afán desmedido del poder, por el endiosamiento que se genera en el hombre político, éste busca cada vez más como llegar a dominar más, a ampliar su poderío aunque para ello, y en pro de sus fines, no repare en medios. Y así buscando unas bases históricas, un sustrato socio cultural que haga posible sus reivindicaciones nacionalistas, llega a cambiar la historia, modificando los libros de texto, y así enseñarlo a nuevas generaciones que son educadas en el nuevo ambiente espúreo creado. Así, estas mentiras con el tiempo se hacen verdades que nadie osa poner en duda, como las incongruencias de no citar la Corona Aragonesa en los libros de texto, y atribuir una procedencia no aragonesa en beneficio propio, a personajes tan célebres como Baltasar Gracian y el mismo Cajal.
Así se enseña que la nación de la que quiere separarse, España, para crear una nueva nación, les está oprimiendo, robando, etc, etc. Así se van forjando nuevas generaciones que ya desde la niñez son manipuladas en el odio a la nación opresora.
Esta manipulación del lenguaje, de la cultura crea odios, resentimientos, emponzoña los corazones, dando como consecuencia violencia y desunión. Además es fuente de pobreza y de división, como la actual que sufrimos, dando una imagen al Mundo lamentable, que desincentiva la inversión. Todo para mantener en la poltrona a sinvergüenzas con un ego descontrolado, que lo único que les importa es su beneficio propio, aunque sea a expensas del bienestar social de sus gentes. Cuestiones como la sanidad, el bien social son relegadas en pro de emplear todos los medios económicos posibles en crear aparatos de propaganda en el extranjero, para así, y con la colaboración de la propia mass media subvencionada, servir a sus delirios nacionalistas que además quieren expandirse a otras tierras de España.
Bienes culturales, religiosos de Aragón son retenidos injustamente pese a los pronunciamientos de la justicia ordinaria y eclesiástica. Es la ley del embudo, y encima se las dan de víctimas.
En un mundo cada vez mas globalizado, estas posturas separatistas constituyen un anacronismo y una enorme torpeza. Bajo el lema, España nos roba, se intenta justificar todo, incluida la violencia sobre el que no piensa como ellos. Y encima se las dan de demócratas, cuando se mueven, dentro de una línea fascista dictatorial., que va aplicando día a día, en su ingeniería social un cambio maquiavélico preestablecido ya en décadas anteriores.
Y lo lamentable es que las autoridades espirituales de esos pueblos, que tendrían que orientar y dirigir las conciencias de tan burdos desatinos, no cumplen con su misión y caen en el delirio nacionalista.
Ante esta espiral de torpezas y odios incluidos, nuestra postura como demócratas tiene que ser firme, y hacer aplicar las leyes constitucionales que enderecen tales desatinos y deslealtad. En las escuelas tienen que ser enseñada la verdad y no la manipulación, teniendo que haber libertad para la enseñanza de la lengua castellana, la oficial de nuestra nación, junto, eso sí, con las otras lenguas vernáculas. Esta ha sido la base y el origen principal de las ideas separatistas, excluir la lengua oficial del Estado. La ingeniería social de los nacionalistas se ha ido gestando en décadas creando estos cambios culturales en las escuelas, bajo la mirada permisiva de los no nacionalistas, pero que por intereses políticos electoralistas y de mantenimiento del poder, o cobardía, no osaban cambiar y toleraban.
Todo este desatino nos lleva a todos a una profunda reflexión: Todos hemos colaborado a fomentar este germen separatista de uno y otro modo, y los políticos constitucionalistas los primeros. O cambian y cambiamos todos, o ya este proceso de mentira se hará irreversible. Nuestra respuesta con la ley en la mano tiene que ser firme, clara y convincente. Ya no se requieren más tapujos y connivencias. Un profundo cambio de la enseñanza en las escuelas nacionalistas tiene que aplicarse, porque ahí se encuentra la fuente del problema, que incluso puede y de hecho se ha llegado hasta justificar el terrorismo.
La ley constitucional tiene que aplicarse sobre todos aquellos que retan y chantajean al Estado. Continuar por cobardía o desidia, y minusvalorizar el problema puede hacer que este sea cada vez mayor, de hecho ya lo es, y desembocar en la ruptura de la Nación Española, y tal vez, Dios no lo quiera, en su balcanización.
Creemos entre todos, los políticos los primeros, unas bases solidarias, justas entre todas las regiones a efectos de mantener una España unida y fuerte ante Europa y el Mundo que espera de nosotros un ejemplo de convivencia solidaria. Así la crisis económica que ante todo es de valores humanos y sociales se irá diluyendo, dando paso a una sociedad más justa y unitaria, donde de nuevo el trabajo surja y las desigualdades sociales vayan menguando

Comentarios:
Rosa Padrón Argentó


28 Octubre 2012 en 22:27

Nací en Cataluña (así con ñ ) con muchos años viviendo en Venezuela, de padre canario y madre catalana (mi abuelo materno nació en Uruguay) Estoy totalmente de acuerdo con sus planteamientos. ¿Qué “país” es el principal comprador de productos catalanes? ¿o volveremos a los reinos de Taifa?

“EL NACIONALISMO ES UNA ENFERMEDAD INFANTIL. EL SARAMPIÓN DE LA HUMANIDAD.” Eisntein

Parece que mis paisanos están en pañales




Friday, October 26, 2012

¿Qué es la fe? ¿Qué significa creer hoy?

El santo padre continúa su ciclo de catequesis por el Año de la Fe


CIUDAD DEL VATICANO, jueves 25 octubre 2012 (ZENIT.org).- Ayer a las 10,30 se realizó la Audiencia general en la plaza de San Pedro, presidida por el papa Benedicto XVI ante una multitud que lo esperaba desde temprano. En su discurso, el papa continuó con el ciclo de catequesis dedicado al Año de la Fe iniciado la semana pasada, en el cual explicó “¿Qué es la fe?”.
Queridos hermanos y hermanas:
El miércoles pasado, con el inicio del Año de la fe, comencé una nueva serie de catequesis sobre la fe. Y hoy quisiera reflexionar con ustedes sobre una cuestión fundamental: ¿qué es la fe? ¿Tiene sentido aún la fe en un mundo donde la ciencia y la tecnología han abierto horizontes, hasta hace poco tiempo impensables? ¿Qué significa creer hoy?
En efecto, en nuestro tiempo es necesaria una renovada educación en la fe, que incluya por cierto un conocimiento de su verdad y de los acontecimientos de la salvación, pero que principalmente nazca de un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo, de amarlo, de confiar en él, de tal modo que toda la vida esté involucrada con él.
Hoy, junto a muchos signos de buena, crece a nuestro alrededor también un cierto desierto espiritual. A veces, se tiene la sensación, por ciertos hechos que conocemos todos los días, de que el mundo no va hacia la construcción de una comunidad más fraterna y pacífica; las mismas ideas de progreso y bienestar también muestran sus sombras. A pesar del tamaño de los descubrimientos de la ciencia y de los resultados de la tecnología, el hombre hoy no parece ser verdaderamente más libre, más humana; todavía permanecen muchas formas de explotación, de manipulación, de violencia, de opresión, de injusticia… Luego, un cierto tipo de cultura ha educado a moverse solo en el horizonte de las cosas, de lo posible, a creer solo en lo que vemos y tocamos con las manos. Por otro lado, sin embargo, crece el número de personas que se sienten desorientados y, al tratar de ir más allá de una realidad puramente horizontal, se predisponen a creer en todo y su contrario. En este contexto, surgen algunas preguntas fundamentales, que son mucho más concretas de lo que parecen a primera vista: ¿Qué sentido tiene vivir? ¿Hay un futuro para el hombre, para nosotros y para las generaciones futuras? ¿En qué dirección orientar las decisiones de nuestra libertad en pos de un resultado bueno y feliz de la vida? ¿Qué nos espera más allá del umbral de la muerte?
A partir de estas ineludibles preguntas, surge como un mundo de la planificación, del cálculo exacto y de la experimentación, en una palabra, el conocimiento de la ciencia, que si bien son importantes para la vida humana, no es suficiente. Nosotros necesitamos no solo el pan material, necesitamos amor, sentido y esperanza, de un fundamento seguro, de un terreno sólido que nos ayude a vivir con un sentido auténtico, incluso en la crisis, en la oscuridad, en las dificultades y en los problemas cotidianos. La fe nos da esto: se trata de una confianza plena en un "Tú", que es Dios, el cual me da una seguridad diferente, pero no menos sólida que la que proviene del cálculo exacto o de la ciencia. La fe no es un mero asentimiento intelectual del hombre frente a las verdades en particular sobre Dios; es un acto por el cual me confío libremente a un Dios que es Padre y me ama; es la adhesión a un "Tú" que me da esperanza y confianza. Ciertamente que esta adhesión a Dios no carece de contenido: con ella, sabemos que Dios se ha revelado a nosotros en Cristo, hizo ver su rostro y se ha vuelto cercano a cada uno de nosotros. En efecto, Dios ha revelado que su amor por el hombre, por cada uno de nosotros, es sin medida: en la cruz, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre, nos muestra del modo más luminoso a qué grado llega este amor, hasta darse a sí mismo, hasta el sacrificio total.
Con el misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo, Dios desciende hasta el fondo de nuestra humanidad para que llevarla a Él, para elevarla hasta que alcance su altura. La fe es creer en este amor de Dios, que no diminuye ante la maldad de los hombres, ante el mal y la muerte, sino que es capaz de transformar todas las formas de esclavitud, dando la posibilidad de la salvación. Tener fe, entonces, es encontrar ese "Tú", Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible, que no solo aspira a la eternidad, sino que le da; es confiar en Dios con la actitud del niño, el cual sabe que todas sus dificultades, todos sus problemas están a salvo en el "tú" de la madre. Y esta posibilidad de salvación a través de la fe es un don que Dios ofrece a todos los hombres.
Creo que deberíamos meditar más a menudo --en nuestra vida diaria, marcada por problemas y situaciones a veces dramáticas--, en el hecho que creer cristianamente significa este abandonarme con confianza al sentido profundo que me sostiene a mí y al mundo; una sensación de que no somos capaces de darnos, sino de solo recibir como un don, y que es la base sobre la que podemos vivir sin miedo. Y esta certeza liberadora y tranquilizadora de la fe, debemos ser capaces de proclamarla con la palabra y demostrarla con nuestra vida de cristianos.
A nuestro alrededor, sin embargo, vemos cada día que muchos son indiferentes o se niegan a aceptar este anuncio. Al final del Evangelio de Marcos, tenemos palabras duras del Señor resucitado que dice: "El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará" (Mc. 16,16), se pierde a sí mismo. Los invito a reflexionar sobre esto. La confianza en la acción del Espíritu Santo, nos debe empujar siempre a ir y predicar el Evangelio, al testimonio valiente de la fe; pero, además de la posibilidad de una respuesta positiva al don de la fe, también existe el riesgo de un rechazo del Evangelio, del no acoger el encuentro vital con Cristo. Ya san Agustín ponía este tema en su comentario sobre la parábola del sembrador: "Nosotros hablamos –decía--, echamos la semilla, la extendemos. Hay quienes desprecian, critican, se burlan. Si les tememos, no tenemos nada que sembrar y el día de la cosecha se quedara sin que se recoja. Por tanto, venga la semilla de la tierra buena" (Discorsi sulla disciplina cristiana, 13,14: PL 40, 677-678). En consecuencia, la negativa no puede desalentarnos. Como cristianos, somos testigos de este suelo fértil: nuestra fe, a pesar de nuestros límites, demuestra que hay buena tierra, donde la semilla de la Palabra de Dios produce frutos abundantes de justicia, de paz y de amor, de nueva humanidad, de salvación. Y toda la historia de la Iglesia, con todos los problemas, demuestra también que hay la tierra buena, que existe una semilla buena, y que da fruto.
Pero preguntémonos: ¿de dónde saca el hombre esa apertura del corazón y de la mente para creer en el Dios que se ha hecho visible en Jesucristo, muerto y resucitado, para recibir su salvación, de tal modo que Él su evangelio sean la guía y la luz de la existencia? Respuesta: nosotros podemos creer en Dios porque Él se acerca a nosotros y nos toca, porque el Espíritu Santo, don del Señor resucitado, nos hace capaces de acoger el Dios vivo. La fe es, pues, ante todo un don sobrenatural, un don de Dios. El Concilio Vaticano II dice: "Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que proviene y ayuda, a los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da “a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad”".(Dei Verbum, 5). En la base de nuestro camino de fe está el bautismo, el sacramento que nos da el Espíritu Santo, volviéndonos hijos de Dios en Cristo, y marca la entrada en la comunidad de fe, en la Iglesia no creo uno por sí mismo, sin la gracia previa del Espíritu; y no se cree solo, sino junto a los hermanos. Desde el Bautismo en adelante, cada creyente está llamado a revivir esto y hacer propia esta confesión de fe, junto a los hermanos.
La fe es un don de Dios, pero también es un acto profundamente humano y libre. El Catecismo de la Iglesia Católica dice claramente: "Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre" (n. 154). Más aún, las implica y las exalta, en una apuesta de vida que es como un éxodo, es decir, en un salir de sí mismo, de las propias seguridades, de los propios esquemas mentales, para confiarse a la acción de Dios que nos muestra el camino para obtener la verdadera libertad, nuestra identidad humana, la verdadera alegría del corazón, la paz con todos. Creer es confiar libremente y con alegría en el plan providencial de Dios en la historia, como lo hizo el patriarca Abraham, al igual que María de Nazaret. La fe es, pues, un acuerdo por el cual nuestra mente y nuestro corazón dicen su propio "sí" a Dios, confesando que Jesús es el Señor. Y este "sí" transforma la vida, abre el camino hacia una plenitud de sentido, la hace nueva, llena de alegría y de esperanza fiable.
Queridos amigos, nuestro tiempo requiere de cristianos que estén aferrados de Cristo, que crezcan en la fe a través de la familiaridad con la Sagrada Escritura y los sacramentos. Personas que sean casi un libro abierto que narra la experiencia de la vida nueva en el Espíritu, la presencia de un Dios que nos sostiene en el camino y que nos abre hacia la vida que no tendrá fin. Gracias.


Traducido del original italiano por José Antonio Varela V.



Thursday, October 25, 2012

El Don de la Fe





La Fe es un regalo de Dios que el hombre en su libertad puede aceptar o no. Esta Fe es operativa si el hombre la acepta y va transformando a la persona a la imagen y semejanza del mismo Dios. El amor de Dios transforma al individuo mediante el don de la Fe y el hombre al corresponderla, hace que esta llegue a Dios como el surtidor de agua llega a la Vida Eterna como el mismo Jesús nos habla en el Evangelio de su encuentro con la samaritana. El hombre así transformado se incorpora a la Trinidad, presenta en cada hombre aunque escondida e ignorada por muchos.

Como afirmaba el Beato Juan Pablo II , esta comunidad de comunión facilita el poder ver al hombre como rostro de Dios y poder así aceptarlo en su cara menos amable, relativizar su lado oscuro y valorar así sus aspectos positivos, dándonos fuerza para trabajar solidariamente por el en su promoción como ser humano libre.

La libertad del hombre, también don de Dios, le permite aceptar el don divino gratuito de la Fe y permitir en consecuencia que esta pueda ser operativa en el y transformante.

El hombre que recibe tal don tiene también que compartirlo y difundirlo en la acción evangelizadora.

Como afirma San pablo, con ocasión o si ella, tenemos que hablar de Dios, máxime en estos momentos históricos donde la sociedad se encuentra en oscuridad y hambrienta de la luz de la Palabra Divina aunque no de muestras evidentes de ello.

Aceptando el dolor por Amor a Dios, el hombre lo transforma en Vida Eterna y se hace corresponsable con el mismo Hijo de Dios que dio su vida por nosotros aceptando sin rechistar el plan salvífico del Padre para la salvación del hombre.

Nada podrá apartarnos de su Amor, ninguna tentación, ninguna fuerza superior a la del hombre podrá apartarnos de Dios, porque en la debilidad del hombre surge la fuerza del mismo Dios. Si, nos pide aceptar su voluntad, y aunque en nuestra debilidad podamos resistirle, siempre triunfará su benéfica acción sobre nosotros. La esperanza elevada por el amor surge victoriosa. Sustentada en la humildad, acepta el claroscuro del Misterio, y la fe sustentada en su amor se manifiesta diáfana en lo más íntimo de la conciencia humana (Ser Esencial).

Al suprimir obstáculos, la humildad nos hace reconocernos pecadores. Ello nos faculta para seguir recibiendo esa fe que va consolidándose en nuestra conciencia y crece como el grano de mostaza va haciéndose árbol frondoso.

Dios siempre nos ama, aunque el hombre no se percate de ello, pues su soberbia cierra las puertas a la Fe, a ese don divino fruto de su amor. La fe queda revestida así de su amor y actúa con la fuerza que le da el amor.

Pidamos esa fe, ese don divino, y lo hagamos por mediación de aquella que siempre está dispuesta a ayudarnos y a llevar nuestras súplicas a su Hijo querido, nuestra Madre María.

Palabras Clave: Fe, humildad, don divino, aceptación libre.



Bernardo Ebrí Torné

Octubre 2012.

Sunday, October 14, 2012

La evangelización es desbordamiento, resultado del viaje del discípulo hacia la madurez en Cristo




Les deseo el gozo en la promesa de la visión del rostro de Cristo, en la comunión aquí y ahora


CIUDAD DEL VATICANO, jueves 11 octubre 2012 (ZENIT.org).- A las 10 horas de esta mañana, ante la Basílica Vaticana, Benedicto XVI presidió la celebración eucarística con motivo de la apertura del Año de la Fe. A la celebración eucarística, asistieron el patriarca ecuménico Bartolomé I y el arzobispo de Canterbury y primado de la Comunión Anglicana su gracia Rowan Williams.
Previamente, este miércoles 10 de octubre 2012, comenzó la Quinta Congregación General, para la continuación de las intervenciones de los Padres Sinodales en el aula sobre el tema sinodal: «La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana».
Ofrecemos el texto de la presentación del primado anglicano y la propia intervención del arzobispo de Canterbury, en traducción al español facilitada por la Sala de Prensa de la Santa Sede.


Introduce al Arzobispo de Canterbury el Presidente Delegado con las siguientes palabras:

Su Gracia, el Reverendo y Honorable Dr. Rowan Douglas William, Obispo Anglicano, teólogo, poeta y prolífico escritor de talento. Es el centésimo cuarto (104) Arzobispo de Canterbury y actual Primado de toda Inglaterra y de la Comunión Anglicana, cargo que ejerce desde principios del año 2003. El Arzobispo Williams ha sido Obispo durante veinte (20) años, diez (10) como Obispo de Monmouth y Arzobispo de Gales (con lo cual ha sido el primer Arzobispo de Canterbury en tiempos modernos que no ha sido nombrado dentro de la Iglesia de Inglaterra) y diez (10) en su cargo actual. En los inicios de su carrera ha sido académico en las Universidades de Cambridge y Oxford sucesivamente. Desde su nombramiento como Arzobispo de Canterbury ha estado comprometido con fervor en la evangelización y la credibilidad de la fe en el mundo contemporáneo. El 16 de marzo de 2012, se anunció que había aceptado el cargo de Master del Magdalene College de la Universidad de Cambridge, del que tomará posesión en enero del año 2013. Espera su retiro del cargo de Arzobispo de Canterbury para diciembre de 2012.

Deseamos dar la bienvenida también a las personas que han acompañado a Su Gracia: Su Excelencia, el Reverendo Vincent Nichols, Arzobispo Católico Romano de Canterbury; Su Excelencia, el Honorable Nigel Marcus Baker, Embajador de Gran Bretaña ante la Santa Sede; el Canónigo David Richardson, Director del Centro Anglicano de Roma; Doña Margaret Richardson, su esposa; el Diácono Jonathan Goodall, Secretario del Arzobispo Williams y el Reverendo John O’Leary, Secretario del Arzobispo Nichols.

Y ahora, el Arzobispo Williams.
Intervención del Arzobispo de Canterbury:
Su Santidad,

Reverendos Padres,
Hermanos y hermanas en Cristo,
Queridos amigos:

1. Es para mi un honor haber sido invitado por el Santo Padre para hablar en esta asamblea: como dice el Salmista, ‘Ecce quam bonum et quam jucundum habitare fratres in unum’. La asamblea del Sínodo de los obispos para el bien del pueblo de Cristo es una de esas disciplinas que sostienen la salud de la Iglesia de Cristo. Hoy, en especial, no podemos olvidar la gran asamblea de ‘fratres in unum’ que fue el Concilio Vaticano II, que hizo tanto por la salud de la Iglesia, ayudándola a recuperar mucha de la energía necesaria para la proclamación de la Buena Nueva de Jesucristo de un manera eficaz en nuestro tiempo. Para mucha gente de mi generación, incluso más allá de los límites de la Iglesia Católica Romana, el Concilio fue un signo de gran promesa, un signo de que la Iglesia era suficientemente fuerte para plantearse cuestiones difíciles en cuanto a su cultura y sus estructuras y si éstas eran las adecuadas para la tarea de compartir el Evangelio con la compleja, a menudo rebelde y siempre inquieta mente del mundo moderno.

2. El Concilio fue, en muchos aspectos, un redescubrimiento de la inquietud y pasión evangélica, centrada no sólo en la renovación de la propia vida de la Iglesia, sino también en su credibilidad en el mundo. Textos como Lumen gentium y Gaudium et spes ofrecieron una visión fresca y gozosa de cómo la inmutable realidad de Cristo vivo en su Cuerpo en la tierra, a través del don del Espíritu Santo, puede hablar con palabras nuevas a la sociedad de nuestro tiempo, e incluso a quienes pertenecen a otros credos. No es sorprendente que, cincuenta años después, sigamos debatiendo sobre algunas de las mismas cuestiones e implicaciones del Concilio. Y pienso que la preocupación de este Sínodo por la nueva evangelización es parte de esa exploración continua de la herencia del Concilio.

3. Pero uno de los aspectos más importantes de la teología, según el Vaticano II, era la renovación de la antropología cristiana. En lugar de la narración neoescolástica, a menudo tergiversada y artificial, sobre cómo la gracia y la naturaleza se relacionan en la constitución del ser humano, el Concilio amplió los importantes elementos de una teología que volvía a fuentes más tempranas y ricas: la teología de algunos genios espirituales como Henri de Lubac, quien nos recordó lo que significaba para el Cristianismo primitivo y medieval hablar de la humanidad hecha a imagen de Dios y de la gracia como la perfección y transfiguración de esa imagen, durante mucho tiempo revestida de nuestra habitual ‘inhumanidad’. Bajo esta luz, proclamar el Evangelio es proclamar que por lo menos es posible ser adecuadamente humano: la fe Católica y Cristiana es un ‘verdadero humanismo’, tomando una frase prestada de otro genio del siglo pasado, Jacques Maritain.

4. Sin embargo, De Lubac es muy claro sobre lo que esto no significa. Nosotros no sustituimos la tarea evangélica por una campaña de ‘humanización’. ‘¿Humanizar antes de Cristianizar?’, pregunta él. ‘Si la empresa tiene éxito, el Cristianismo llegará muy tarde: le quitarán el puesto. ¿Y quién piensa que el Cristianismo no humaniza?’. Así escribe Lubac en su maravillosa colección de aforismos, Paradojas. Es la fe misma quien forma el trabajo de humanización y la empresa de humanización estaría vacía sin la definición de humanidad dada en el Segundo Adán. La evangelización, primitiva o nueva, debe estar enraizada en la profunda confianza de que poseemos un destino humano inconfundible para mostrar y compartir con el mundo. Hay muchas maneras de decirlo, pero en estas breves observaciones quiero concentrar un único aspecto en particular.

5. Ser completamente humano es ser recreado en la imagen de la humanidad de Cristo; y esta humanidad es la perfecta ‘traducción’ humana de la relación entre el Hijo eterno y el Padre eterno, una relación de amor y adorada entrega, un desbordamiento de vida hacia el Otro. Así, la humanidad en la que nos transformamos en el Espíritu, la humanidad que queremos compartir con el mundo como fruto de la labor redentora de Cristo, es una humanidad contemplativa. Edith Stein observó que empezamos a entender la teología cuando vemos a Dios como el “Primer Teólogo”, el primero que habla acerca de la realidad de la vida divina, porque ‘todas las palabras sobre Dios presuponen la propia palabra de Dios’. De forma análoga, podríamos decir que empezamos a comprender la contemplación cuando vemos a Dios como el primer contemplativo, el paradigma eterno de la desinteresada atención al otro que no trae la muerte, sino la vida a nuestro yo. Toda contemplación de Dios presupone el propio conocimiento gozoso y absorto en sí mismo de Dios, mirándose fijamente en la vida trinitaria.

6. Ser contemplativo, así como Cristo es contemplativo, es abrirse a toda la plenitud que el Padre desea verter en nuestro corazones. Con nuestras mentes sosegadas y preparadas a recibir, con nuestras auto-generadas fantasías sobre Dios y sobre nosotros acalladas, estamos por fin en el punto donde quizás empecemos a crecer. Y el rostro que necesitamos mostrar a nuestro mundo es el rostro de una humanidad en crecimiento infinito hacia el amor, una humanidad tan contenta y partícipe de la gloria hacia la que nos dirigimos que estamos dispuestos a embarcanos en un viaje sin fin, para encontrar nuestro camino más profundo en él, en el corazón de la vida trinitaria. San Pablo habla de cómo “con el rostro descubierto, reflejamos, ... la gloria del Señor” (2 Co 3, 18), transfigurados por un resplandor cada vez mayor. Este es el rostro que debemos esforzarnos por mostrar a nuestro prójimo.

7. Y debemos esforzarnos no porque estemos buscando alguna ‘experiencia religiosa’ privada que nos dé seguridad y nos haga más santos. Nos esforzamos porque en este olvidarse de uno mismo mirando fijamente hacia la luz de Dios en Cristo, aprendemos cómo mirarnos los unos a los otros, y a toda la creación de Dios. En la Iglesia primitiva había una comprensión clara de la necesidad de avanzar, desde una autocomprensión o autocontemplación instigada por la disciplina de nuestros ávidos instintos y ansias, hacia una ‘natural contemplación’ que percibía y veneraba la sabiduría de Dios en el orden del mundo, permitiéndonos ver la realidad creada por lo que realmente era a la vista de Dios, más de lo que era en el sentido de cómo podíamos usarla o dominarla. Y desde aquí, la gracia nos guiaría hacia la verdadera ‘teología’, mirando fija y silenciosamente a Dios, meta de todo nuestro discipulado.

8. En esta perspectiva, la contemplación está lejos de ser sólo algo que hacen los cristianos: es la clave para la oración, la liturgia, el arte y la ética, la clave para la esencia de una humanidad renovada capaz de ver al mundo y a otros sujetos del mundo con libertad, libertad de las costumbres egoístas y codiciosas, y de la comprensión distorsionada que de ellas proviene. Para explicarlo con audacia, la contemplación es la única y última respuesta al mundo irreal e insano que nuestros sistemas financieros, nuestra cultura de la publicidad y nuestras emociones caóticas e irreflexivas nos empujan a habitar. Aprender la práctica contemplativa es aprender lo que necesitamos para vivir de una manera verdadera, honesta y amorosa. Es una cuestión profundamente revolucionaria.

9. En su autobiografía, Thomas Merton describe una experiencia que le ocurrió poco después de entrar en el monasterio donde pasó el resto de su vida (Silencio elegido). Tenía la gripe y estuvo ingresado en la enfermería durante unos días y, dice, sintió una ‘alegría secreta’ por la oportunidad que este hecho le dio para rezar y ‘hacer todo lo que quería hacer, sin tener que correr por todo el lugar respondiendo a campanillas’. Está obligado a reconocer que su actitud revela que ‘todos mis malos hábitos... habían entrado subrepticiamente conmigo en el monasterio y habían recibido los hábitos religiosos conmigo: glotonería espiritual, sensualidad espiritual, orgullo espiritual’. En otras palabras, él intentaba vivir una vida cristiana con el bagaje emocional de alguien todavía profundamente desposado con la búsqueda de la satisfacción individual. Es un aviso poderoso: tenemos que tener cuidado que nuestra evangelización no sirva sencillamente como elemento de persuasión para que la gente le pida a Dios y a la vida del espíritu por los hechos dramáticos, excitantes o de autoadulación que tan a menudo satisfacen nuestra vida diaria. Esto fue expresado de forma más contundente hace algunas décadas por el estadounidense estudiante de religión Jacob Needleman, en un libro controvertido y desafiante titulado Cristianismo perdido: las palabras del Evangelio, dice, están dirigidas a los seres humanos que ‘ya no existen’. Es decir, responder, entregándose, a lo que el Evangelio pide de nosotros significa transformar completamente nuestro ser, nuestros sentimientos y nuestros pensamientos e imaginación. Convertirse a la fe no significa sencillamente adoptar un nuevo grupo de creencias, sino transformarse en una nueva persona, una persona en comunión con Dios y con otros a través de Jesucristo.

10. La contemplación es un elemento intrínseco de este proceso de transformación. Aprender a mirar a Dios sin tener en cuenta mi propia satisfacción inmediata, aprender a escudriñar y relativizar las ansias y fantasías que surgen dentro de mi, esto es permitir a Dios ser Dios y, así, permitir que la oración de Cristo, la propia relación de Dios con Dios, entre viva dentro de mí. Invocar al Espíritu Santo es pedir a la tercera persona de la Trinidad que entre en mi espíritu y traiga la claridad que necesito para ver dónde soy esclavo de ansias y fantasías, para que me dé paciencia y sosiego mientras la luz y el amor de Dios penetran en mi vida interior. Sólo si esto empieza a suceder estaré liberado de tratar los dones de Dios como otro grupo de objetos que compro para ser feliz o para dominar a otros. Y mientras este proceso se desarrolla, soy más libre, tomando prestada una frase de San Agustín (Confesiones IV.7) - para ‘amar a los seres humanos de una manera humana’, amarles no por lo que me prometan a mi, amarles no porque me den seguridad y confort duradero, sino como mi prójimo frágil sostenido en el amor de Dios. Descubro entones (como hemos observado anteriormente) cómo debo mirar a las personas y a las cosas por lo que son en relación con Dios, no conmigo. Y es aquí donde la verdadera justicia, como el verdadero amor, tiene sus raíces.

11. El rostro humano que los cristianos quieren ofrecer al mundo es un rostro marcado por esta justicia y este amor y, por tanto, un rostro formado en la contemplación, en la disciplina del silencio y en la separación de los objetos que nos esclavizan y de los instintos irracionales que nos decepcionan. Si la evangelización es una cuestión de mostrar al mundo el rostro humano ‘revelado’ que refleja el rostro del Hijo vuelto hacia el Padre, debe llevar en él el compromiso serio de fomentar y nutrir la oración y la práctica. No es necesario decir que esto no quiere en absoluto discutir que esta transformación ‘interna’ es más importante que la acción por la justicia; más bien quiere insistir en el hecho de que la claridad y la energía que necesitamos para llevar adelante la justicia requiere que demos espacio a la verdad, para que la realidad de Dios la atraviese. De lo contrario, nuestra búsqueda de la justicia o de la paz se convierte en otro ejercicio de voluntad humana, socavada por la autodecepción humana. Las dos llamadas son inseparables: la llamada a la ‘oración y la recta acción’, como dijo el mártir protestante Dietrich Bonhoeffer, escribiendo desde su celda en la cárcel en 1944. La verdadera oración purifica el motivo, la verdadera justicia es el trabajo necesario para compartir y liberar en otros la humanidad que hemos descubierto en nuestro encuentro contemplativo.

12. Los que saben poco y se preocupan aún menos de las instituciones y jerarquías de la Iglesia, estos días se encuentran a menudo atraídos y retados por vidas que muestran algo de esto. Son las comunidades nuevas y renovadas las que de manera más eficaz llegan a aquellos que nunca han creído o que han abandonado la fe por vacía o añeja. Cuando se escribe la historia cristiana de nuestro tiempo, en referencia a Europa y América del Norte especialmente, pero no sólo, vemos cuán central y vital ha sido el testimonio de lugares como Taizé o Bose, pero también el de otras comunidades más tradicionales, transformadas en centros para la exploración de una humanidad más amplia y profunda de lo que fomentan los hábitos sociales. Y las grandes redes de espiritualidad, como San Egidio, los Focolares, Comunión y Liberación, muestran también el mismo fenómeno: crean espacios para una visión humana más profunda porque todos ellos, de varias maneras, ofrecen una disciplina de vida personal y comunitaria que hace que la realidad de Jesús entre viva en nosotros.

13. Y, como muestran estos ejemplos, la atracción y el reto de los que estamos hablando pueden crear compromisos y entusiasmos que crucen las líneas confesionales históricas. Nos hemos acostumbrado a hablar en estos días sobre la importancia vital del ‘ecumenismo espiritual’: pero ésta no debe ser una cuestión que, de alguna manera, se oponga a lo espiritual y lo institucional, y no debe reemplazar los compromisos específicos con un sentido general de sentimiento común cristiano. Si tenemos una descripción sólida y rica de lo que la palabra ‘espiritual’ en sí misma significa, enraizada en los contenidos bíblicos como los del pasaje de la Segunda Epístola a los Corintios mencionada antes, entenderemos el ecumenismo espiritual como la búsqueda compartida para nutrir y sostener las disciplinas contemplativas con la esperanza de revelar el rostro de una nueva humanidad. Y cuanto más separados estemos como cristianos de distintas confesiones, menos convincente será ese rostro. He mencionado el movimiento de los Focolares hace un momento: Ustedes se acordarán de que el imperativo básico en la espiritualidad de Chiara Lubich era ‘haceros uno’, uno con Cristo Crucificado y abandonado, uno a través de Él con el Padre, uno con todos los llamados a esta unidad y, por tanto, uno con los más necesitados del mundo. ‘Los que viven en unidad... viven haciendo que ellos mismos penetren más en Dios. Crecen siempre más cercanos a Dios... y lo más cercano que están de Él, lo más cerca que están de los corazones de sus hermanos y hermanas’ (Chiara Lubich: Escritos esenciales). El hábito contemplativo elimina una desatenta superioridad hacia otros creyentes bautizados y la suposición de que no tengo que aprender nada de ellos. En la medida en que el hábito de la contemplación nos ayuda a acercanos a esta experiencia como a un don, siempre nos preguntaremos qué es lo que el hermano o hermana puede compartir con nosotros, incluso el hermano o hermana que de alguna manera está separado de nosotros o de lo que suponemos que es la plenitud en la comunión. ‘Quam bonum et quam jucundum...’.

14. En práctica, esto puede sugerir que, allí donde se lleven a cabo iniciativas para alcanzar con nuevos medios a un público cristiano no practicante o postcristiano, debe realizarse un trabajo serio sobre cómo este alcance se puede enraizar en una práctica contemplativa, compartida ecuménicamente. Además del modo sorprendente con el que Taizé ha desarrollado una ‘cultura’ litúrgica internacional accesible a una gran variedad de personas, una red como la Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana, con sus fuertes raíces y afiliaciones benedictinas, ha traído nuevas posibilidades. Y lo que es más, esta comunidad ha trabajado con ahínco para crear una práctica contemplativa accesible a los niños y a los jóvenes, y ello necesita el mayor impulso posible. Habiendo visto de cerca --en escuelas anglicanas de Inglaterra- el modo caluroso con que los niños responden a la invitación ofrecida por la meditación en esta tradición, creo que su potencial para introducir a la gente joven en la profundidad de nuestra fe es verdaderamente muy grande. Y para quienes se han alejado de la práctica regular de la fe sacramental, los ritmos y las prácticas de Taizé o de la CMMC (WCCM sus siglas en inglés) son a menudo un camino de regreso al corazón y al hogar sacramental.

15. Gente de todas las edades reconoce en estás prácticas la posibilidad, bastante sencilla, de vivir más humanamente, vivir con una codicia menos frenética, vivir con espacio para el sosiego, vivir esperando aprender y, sobre todo, vivir con la conciencia de que hay un gozo sólido y perdurable pendiente de ser descubierto en las disciplinas en las que olvidamos nuestro propio yo, bastante distintas de la gratificación que viene de éste o aquel impulso del momento. A menos que nuestra evangelización abra la puerta a todo esto, corremos el riesgo de intentar sostener la fe basándonos en una serie inmutable de hábitos humanos, con el consiguiente resultado demasiado familiar de la Iglesia vista como una más de las instituciones puramente humanas, ansiosas, ocupadas, competitivas y controladoras. En un sentido muy importante, una verdadera tarea evangelizadora será siempre también una re-evangelización de nosotros mismos como cristianos, un redescubrir por qué nuestra fe es diferente, pues transfigura, y un recuperar nuestra propia humanidad.

16. Y, por supuesto, sucede de manera más eficaz cuando no estamos planificando o luchando por ella. Volviendo de nuevo a De Lubac: ‘Aquel que responderá mejor a las necesidades de su tiempo será alguien que no habrá tratado de responder a ellas primero’ (op.cit.). Y ‘el hombre que busca sinceridad en lugar de buscar la verdad en el olvido de sí mismo, es como el hombre que quiere estar distante en lugar de abandonarse completamente al amor’ (op.cit.). El enemigo de la proclamación del Evangelio es la autoconciencia y, por definición, no podemos superarlo siendo más conscientes de nosotros mismos. Debemos volver a San Pablo y preguntarnos: ‘¿Qué buscamos?’ ¿Miramos con ansiedad los problemas actuales, la variedad de infidelidades o la amenaza a la fe y la moralidad, la debilidad de la institución? ¿O buscamos a Jesús, el rostro revelado de la imagen de Dios, a la luz del cual vemos la imagen de nuevo reflejada en nosotros y en nuestro vecinos?

17. Esto nos recuerda sencillamente que la evangelización es siempre el desbordamiento de otra cosa: el viaje del discípulo hacia la madurez en Cristo; un viaje que no está organizado por un ego ambicioso, sino que es el resultado de la insistencia y de la atracción del Espíritu en nosotros. En nuestras deliberaciones sobre cómo hay que hacer para que el Evangelio de Cristo sea de nuevo apasionadamente atractivo para los hombres y mujeres de nuestros días, espero que nunca perdamos de vista qué es lo que hace que sea apasionante para nosotros, para cada uno de nosotros en nuestros diferentes ministerios. Les deseo alegría en estos debates, no sólo claridad o eficacia en la planificación, sino gozo en la promesa de la visión del rostro de Cristo y en el anuncio de esa plenitud en la alegría de la comunión uno con el otro, aquí y ahora.















Peregrinación a Medjugorje: Mi iluminación


Con el discurso de Leo se me suavizó mucho la crisis sufrida aquella tarde durante la misa. Digamos que mi parte intelectual se liberó del absurdo en que se encontraba. Me di cuenta que había una teología y, además, una teología buena, carismática, basada en la gratuidad. Agradecí a los padres franciscanos, que han llevado esto desde el principio, que hubieran inyectado estas ideas en el desarrollo espiritual de este movimiento medjugoriano.

Ellos son carismáticos; yo conocí al P. Jozo y al P. Tomislav en un congreso internacional de la Renovación en Roma en mayo del 1981, pocos días antes de que le dispararan al Papa tres tiros en el vientre. Entonces no eran todavía conocidos. Pidieron oración especial por la situación en Yugoslavia. Entre los que oraron imponiéndoles las manos estaba el P. Emiliano Tardif, M.S.C. En esa oración el P. Emiliano recibió palabra profética en la que dijo: No se preocupen. Yo les enviaré a mi madre. Cuál no sería la sorpresa cuando un mes más tarde comenzaron las apariciones de Medjugorje.

Pese a que mi parte intelectual se aquietó, sin embargo yo seguía en mí mismo. Mi razón seguía inquiriendo y racionalizándolo todo. Si me hubiera vuelto a Madrid en aquel momento no habría entendido nada de lo importante de Medjugorje. Mis prejuicios seguían a la punta de los labios y lo que es peor del corazón. Juzgaba las cosas desde lo racional, desde mis criterios. Ahora bien, lo que más me duele -más tarde lo entendí- es que juzgaba desde mi teología, desde mi tradición, desde mi formación, desde mi experiencia religiosa y lo que es peor, desde el don que había recibido en la Renovación carismática, que no es un don racional sino de gratuidad y en el Espíritu. Me di cuenta que lo que sabemos y hemos experimentado de Dios es un gran obstáculo a veces para conocerle más. También los dones de Dios pueden transformarse en pretexto para la soberbia y para el endurecimiento del corazón.

La prueba la tengo en una visita que hicimos ese día a la Comunidad del Cenáculo de Sor Elvira. Ésta es una comunidad donde se recogen chicos salidos de la droga y de otras taras de la vida. Nos dieron testimonio dos jóvenes recogidos hace años de la calle. Me pareció una obra muy buena y meritoria pero desde la frialdad del corazón. Incluso llegué a pensar que, aunque ésta y otras obras benéficas como la de Sor Enmanuelle de la Comunidad de las Bienaventuranzas, que también visitamos, sean cosas muy buenas, no existe relación alguna entre ellas y los acontecimientos de Medjugorje. Pensé incluso que se aprovechaban del boom espiritual de Medjugorje para colarse allí.

Por la gracia de Dios todo eso pasó muy pronto y mi duro corazón fue tocado. Fue la misericordia de Dios encarnada en su madre la que tuvo misericordia conmigo, ya que yo jamás hubiera sido capaz de salir de mí mismo y de mis razones. Ahora veo claro lo peligroso que es uno para sí mismo. Sucedió a las tres de la tarde, en la sala amarilla, cerca de la iglesia. Allí nos iba a hablar Marija, una de las videntes. Llegamos con mucho tiempo. La sala repleta de gente, unas mil personas, casi todos italianos porque Marija iba a hablar en italiano traduciéndola al inglés. Más tarde hablaría en croato para traducirla a otras lenguas. Por eso la sala se vaciaba y llenaba según las lenguas. Yo la escuché y tomé apuntes en italiano.

No fue el discurso, ni las ideas, ni lo que dijo, ni la forma de decirlo. Ni su presencia ni sus dotes oratorias. Al fin y al cabo, en ese momento, era una mujer normal, de unos cuarenta y cinco años, casada y con hijos, que vive en Italia y viene de vez en cuando a este, su pueblo, de vacaciones y para ver a su familia, aprovechando para hablar a los peregrinos. No sé lo que fue. Lo único que sé es que yo jamás en mi vida vi y oí hablar a una persona así. Es una mujer tremendamente natural y suave, con una sonrisa sencilla, sin afectación de ninguna clase. La traductora inglesa, muy protagonista y prepotente, le comía siempre sus últimas palabras, cosa que a los que escuchábamos en italiano nos molestaba. Pues bien, Marija, tan tranquila e impertérrita.

A pesar de que el discurso no fue lo importante voy a tratar de trasmitir algo de lo que dijo. Lo cogí a mano, en apuntes. No lo pude grabar porque estaba lejos, a pesar de colocarme en las primeras filas. Comenzó diciendo:

Recemos un misterio del rosario para pedir al Espíritu Santo que ilumine las palabras que tenga que decir.
Así lo hicimos en medio de una expectación y silencio sepulcral. Después, con una suavidad y cercanía supercariñosa, siguió hablando:

Hoy no podéis decir que no es un día caluroso. Sin embargo, sois muy afortunados. Sois peregrinos con mucho confort, con aire acondicionado y todo. Recuerdo los sofocos de otras épocas cuando hablando en la sala verde todos nos derretíamos de sudor. Más de una vez creí que me iba a marear y no podría seguir hablando.

He tenido que hablar en muchos lugares del mundo. Por todas partes van floreciendo grupos de oración con el espíritu de Medjugorje. Un amigo que escribió un libro cita multitud de países incluso desconocidos como Mozambique, Honduras, Panamá, donde hay grupos de oración. Generalmente se componen de gente que ha pasado por aquí y ha sentido la necesidad de acercarse a la Virgen.

Yo siempre he sido católica y de familia católica. Antes de las apariciones ya nos sentíamos muy orgullosos de ser católicos. Pero cuando papá quería que fuéramos a misa, no éramos tan católicos. Por eso, él se imponía diciendo: “si no hay misa no hay comida”. Hoy los padres no tenemos la misma autoridad. No podemos con un niño de quince años, que piensa que la religión sólo consiste en mandar y prohibir. Ven que está prohibido robar, las relaciones sexuales, todos los pecados y lo rechazan fijándose sólo en eso. No saben que la riqueza de ser bautizados es una gracia maravillosa. Dios ha venido a recordarnos todo esto por medio de la Madonna. Para eso ha venido ella.

Al principio de las apariciones teníamos miedo; no sabíamos que aquello que veíamos era la Virgen. Yo un día perdí las zapatillas. Después ya se nos quitó el miedo. Rezábamos con ella y nos enamoramos de ella. Nos fue educando. Caminando con ella dejamos de pensar como niños y empezamos a ser como mayores porque creíamos en Dios. Nos dio permiso para tocarla y abrazarla. Cantamos con ella y hacíamos amistad. Día y noche sólo pensábamos en ella. No sabíamos los misterios, ni las meditaciones, ni rezar, pero repetimos tantos padrenuestros y avemarías que el rezarlos nos llegaba al corazón. Cuando rezábamos el padrenuestro ella nos acompañaba, en el avemaría se callaba y se volvía a unir con nosotros en el gloria. Le preguntamos un día por qué nos había escogido a nosotros y no a otros y nos respondió: “Dios me lo ha permitido y quise escogeros a vosotros”.

Se nos presentó como Reina de la paz. Un día cogimos flores de nuestro jardín y de los vecinos y se las presentamos, pero ella nos dijo que rezar el rosario era el mejor regalo. Le preguntamos: ¿Para qué vale rezar? Nos dijo: “Para mantener el corazón abierto y para que yo pueda interceder por vosotros delante de Dios”. Teníamos muchos deseos de convertirnos porque siempre nos decía que sólo en Dios se encuentra la alegría y la paz. Sólo a través de Dios se pueden conseguir. Cuando pronunciaba la palabra Dios entendíamos que la vida era pasajera, como las flores, y que sólo es un camino hacia la eternidad. Cuando comenzamos a sufrir, estos pensamientos nos valieron mucho.

En una aparición invitó a Jakov a irse con ella. El niño, lleno de miedo, le dijo que él no, que se llevara a Vicka porque él era hijo único y Vicka tenía siete hermanos más. Y entonces nos llevó a todos y pasamos por el paraíso y el purgatorio y el infierno. La Virgen nos ayudaba a clarificar las ideas. A veces la gente llevaba enfermos a nuestras casas y no sabíamos qué hacer con ellos. Ella nos decía que rezáramos y pusiéramos la Biblia en sitio visible para entender que Dios seguía trabajando. Queríamos que se curaran todos. Llorábamos con las madres que traían niños enfermos. A San Juan le dijo: “He ahí a tu madre”. Ahora es él el que nos la envía para que podamos profundizar en nuestra vida por medio de la oración. La oración lo puede todo.

Vivimos en un mundo en que se están perdiendo muchas cosas. ¿Qué imagen tenemos de nosotros mismos? ¿Somos cristianos? Estamos perdiendo nuestra identidad. En Europa ya no reconocemos nuestras raíces cristianas. No sabemos ni lo que somos ni lo que hacemos. Hay tantos jóvenes que no saben lo que es pecado y lo que no lo es. Hablan de libertad y sólo saben lo que han oído en la radio y en la televisión. ¿A dónde nos va a llevar todo esto? Nos estropean el fondo del alma y parece que todo es normal. Nuestros jóvenes van de vacaciones con sus novias -¿llevarán preservativos?- y todos dicen que es normal, que el mundo es así.
Despertémonos. No se trata de hacer la guerra sino de pensar en nosotros, porque la Virgen nos llama a cada uno de nosotros. No importa que seamos de una forma o de otra. Cada uno al escuchar el mensaje de paz, de oración, de ayuno, empieza a convertirse. Una vez la Virgen nos dijo que nos acercáramos para tocarla. Traed vuestras manos. Todos sentimos algo: unos calor, otros frío, otros perfume de rosas. Llorábamos. Le preguntamos por qué venía vestida de triste y nos respondió que era porque cada uno hacía su vida y no nos preocupábamos de confesarnos. Todas las familias de Medjugorje se fueron a confesar. Siempre nos decía que el encuentro con Dios debe ser en la verdad.

También nos hablaba mucho de la misa. No se puede cambiar por una obra de caridad. Para mejor oír misa es bueno rezar un rosario antes. Nuestro mejor amigo siempre será Jesús y hay que perder mucho tiempo para estar con él. Nosotros lo hacíamos así. A veces pasábamos la noche rezando. Comenzamos a hacer adoración toda la noche. No sabíamos bien qué hacer pero estábamos muy a gusto. Hacia las tres de la mañana en presencia de Dios y de las velas nos venía el sueño. Alguno de los videntes roncaba y los otros nos reíamos ante una “meditación tan profunda”. Al final de la noche siempre estábamos contentos y felices de haber entregado nuestro sueño y haber pasado el tiempo con Jesús. Sentíamos que nuestra fe aumentaba y que Jesús era nuestro amigo. Por la mañana seguíamos llenos de fuerza trabajando en lo que teníamos que hacer mientras que otros a la misma hora venían de las discotecas y, muertos de sueño, se iban a dormir. Yo, en la adoración, me acordaba mucho del cura de Ars, que tenía poco talento y poca iniciativa. Cuando le preguntaban qué hacía tanto tiempo en la iglesia respondía: “Yo le miro y él me mira”.

Con la protección de María y bajo su mirada descubrimos a Jesús. Algunas veces mientras hacíamos la adoración, la Virgen nos decía lo que teníamos que hacer. Jesús es lo más precioso que tenemos. Yo quiero con este testimonio ayudar a creer en él. Os invito a aprovecharos de estos días. Son tiempo de gracia. Orad mucho. Yo os recomendaré a la Señora para que os ayude a encontrar y ver a Jesús como un amigo. Ella os propiciará y arreglará esta gran oportunidad. Es madre. Sólo nos pide decir que sí. Ella siempre nos dice en las apariciones: “Gracias por haber respondido a mi llamada”. Yo os agradezco que estéis aquí y que hayáis escuchado este mensaje. Terminemos orando por todos los que se nos han encomendado”.

Como decía antes, no sé lo que fue. Perdonadme la palabra, pero no se me ocurre otra cosa que chute espiritual. Algo de eso me transmitió esa mujer. Es como si hablara para dentro y desde dentro. Salí tocado de allí. No fue el contenido del discurso lo que me llegó; fue otra cosa. Recibí una efusión de Espíritu Santo, como sucede en los carismáticos. Esta efusión me metió en el corazón de Medjugorje y empecé a entender.

La primera sensación fue de denuncia y, precisamente, en mi terreno, en el de la predicación. Sentí que yo siempre había hablado desde fuera. Había utilizado mi mente, mis pensamientos, mis sentimientos, mi alma, pero todo ello exterior. A lo más que había llegado en mi vida era a hablar con el alma. Y a todos los que había oído hablar en mi vida, a lo máximo, les había oído hablar con el alma. Esta mujer hablaba desde otra dimensión, desde una interioridad, encubierta por su pobreza, pero profundísima. Hablaba desde el espíritu. Me fue revelada su interioridad, no suya, sino creada por la Virgen a lo largo de los años dentro de ella con un trato tan continuo. La amé. Emitía una vibración distinta, producía electricidad. Metió la eternidad en el tiempo dentro de mi espíritu. Si en un momento de la charla se hubiera callado y nos hubiera dicho de repente: Silencio, la Virgen está aquí, nos hubiéramos volatilizado. ¡Qué comunión espiritual sentí con ella! San Juan de la Cruz dice que lo peor de la condenación es el toque de espíritu a espíritu entre el condenado y el demonio. Algo, al parecer, horroroso. Pues bien, pienso que la salvación es el toque espiritual entre Dios y los salvados y entre éstos.

Me di cuenta de que en Medjugorje actúa el Espíritu a nivel de don. Es inútil querer entender las cosas desde la razón aunque esté muy iluminada por la fe. Este nivel racional, en el que vive la mayoría de los cristianos no basta. Tienes que ser tocado y elevado al nivel del don[1]. Con la actuación del Espíritu superas todos tus razonamientos y eres iluminado de una manera nueva. Dejas de juzgar y empiezas a entender con el don de inteligencia. Es otra frecuencia de onda en la que emiten todas las cosas. Rezar el rosario ya no es lo mismo que antes. Orar, ayunar, sacrificarse, tiene un sentido muy distinto. Estas cosas dejan de pesar, de culpabilizar, se trasforman en regalo, en don, en algo gustosamente interior si eres llamado a ello. Ya no te defiendes, no te asustan.

Fue una gratísima sorpresa descubrir y experimentar el nivel del don en Medjugorje. Yo ya lo conocía por la Renovación carismática. Esto quiere decir que el Espíritu Santo actúa a tope, a nivel místico, en estas gentes. Un cristiano corriente vive su fe desde la razón, no una razón filosófica, sino desde una razón iluminada por la fe. Este cristianismo es todavía muy estrecho e infantil y está sujeto a todas las tentaciones del racionalismo. Ahora bien, cuando una persona o una comunidad es elevada al nivel del don, ya no se guía por razones sino por mociones del Espíritu Santo, por carismas, y se nutre de los dones del Espíritu Santo. Por lo tanto su entender y disfrutar de las cosas de Dios se hace cualitativamente otro. Al salir de allí sólo podía mirar para mis adentros. Llevaba el pecho y el estómago como embarazados. Entendía perfectamente lo que me había sucedido y me reproché haber sido tan carnal hasta entonces en mis juicios. Comencé a vivir Medjugorje con un tremendo y cariñoso respeto.

Chus Villarroel, Crecimiento de la vida en el Espíritu, 2ª, Sereca, Madrid, 1998, Cp. IV, p. 89.






fraychusvillarroel@yahoo.es







La ciencia y la razón capaces de llegar a Dios


Actualizado 13 octubre 2012

En el post anterior comenzamos a publicar un excelente trabajo filosófico-teológico elaborado por la religiosa dominica de Salamanca Lola García. Ella es conocedora del pensamiento de Unamuno y de Bendicto XVI. A ambos enfrenta en un “diálogo” amistoso en el que se abordan temas esenciales en relación con la Fe en Dios.


Benedicto XVI (J.R.) planteaba a Unamuno esta cuestión sobre el papel de la razón en nuestra vida de fe:

J.R.: Ya veo, Miguel, que lo que subyace en el fondo de tu planteamiento es el anhelo de inmortalidad. ¿Me equivoco al pensar que este anhelo vital para ti resulta frustrado por la fuerza arrolladora de la razón?

M.U.: No, Santidad, no se equivoca, aquí está el motivo de mi angustia constante.

J.R.: ¡Bien! La creación, entonces, en los términos en que la planteas, vendría a suplir a la razón, incapaz de procurar al hombre la creencia en Dios y, por tanto, en su vida eterna. ¿Es así?

M.U.: Así es, Santidad.

J.R.: Lo que sucede, Miguel, es que el concepto de razón que tú manejas es el heredado de la tradición racionalista que, en realidad, mutila el contenido de la misma reduciéndola dramáticamente a lo que se puede catalogar cono actividad científica del mismo modo que identifica la ciencia con el método positivo. Pero esto no son sino tópicos de la razón tecnológica.

M.U.: ¡Sí! A esta razón yo la he adjetivado con el apelativo de “raciocinante”.

J.R.: Ahí está el verdadero meollo de la cuestión. Tenemos el deber de propiciar un “ensanchamiento de nuestra compresión de la racionalidad” en respuesta a “los intentos estrechos y fundamentalmente irracionales de limitar el alcance de la razón”. Sólo así el concepto de razón podrá explorar “aspectos de la realidad que van más allá de lo puramente empírico”.

M.U.: Puede, Santidad, que esto que está diciendo tenga que ver con una crítica que me han hecho recientemente al analizar mi concepto de fe en relación al deseo humano de inmortalidad y que no me ha pasado desapercibida. Me decían que, al atacar a la razón racionalista en tanto que enemiga de la vida y de la más auténtica humanidad por disolver el anhelo de vida eterna y negar los deseos más propiamente humanos que alberga el corazón de todo hombre, asumo y convierto mis nociones de sentimiento y fe en deudores de ella.

De algún modo, al pretender librarme de esta enemiga, la llevo conmigo sin conseguir escapar de sus garras. Lo que esta razón niega, convirtiendo en un absurdo el anhelo humano por excelencia que no es otro que el hambre de pervivencia, ha de ser asumido, de algún modo por el sentimiento y la labor poiética de la fe. Porque todo hombre necesita abordar en un momento y otro de su propio desarrollo vital ésta que yo he dado en llamar “cuestión humana” y otras derivadas de ella cuya comparecencia se hace absolutamente necesaria si queremos hablar de vida real y verdaderamente humana.

J.R.: Mi querido Miguel, estoy convencido de que razón y fe no son dos enemigas acérrimas destinadas al abrazo trágico en una incesante lucha y que, por ello, han de tolerarse respetando sus respectivos campos de actuación sin admitir ningún tipo de injerencia de la contrincante en el propio, sino que están destinadas a cooperar en la búsqueda de la verdad, respetando cada una la naturaleza y la legítima autonomía de la otra”. Ésta es la convicción que fomentó el nacimiento de las universidades europeas. El mensaje de la fe cristiana es una “fuerza purificadora para la razón, que la ayuda a ser más ella misma”.

M.U.: Me parece realmente interesante esto que dice, Santidad, y me gustaría darle vueltas para tratar este tema en profundidad en otra ocasión. Porque sé que lo que dice tiene, entre otras, una consecuencia clara: la razón y la ciencia, entendidas en los términos que acaba de esbozar, pueden pronunciarse acerca de Dios. Y yo he declarado su absoluta incompetencia a este respecto en infinidad de ocasiones.

Aparcando de momento esta interesante cuestión, llegamos a un punto que me parece fundamental: el encuentro personal con Dios. Así ha definido la fe. Pues bien, Santidad, le tengo que confesar que yo he descubierto a Dios en un encuentro personal. O, mejor, en una ausencia que desencadena una necesidad vital hondamente sentida.

No he llegado a él mediante la creencia en una doctrina determinada o en un dogma. Dios se me manifiesta en la crisis desencadenada por la contemplación de mi posible aniquilación, de mis límites como ser finito y temporal; por el dolor padecido a causa de la ausencia de ese Alguien que puede saciar mi hambre de ser más, de ser siempre, de serlo todo sin dejar de ser yo mismo. Mi Dios, Santidad, es un Dios personal al cual se accede por vía cordial. Por eso no puedo ni quiero acudir a la razón para que sea ella la que afirme o niegue la objetividad de ese Dios.

J.R.: Entiendo lo que dices. Por eso es necesario que revises tu concepto de razón. Entonces, estoy seguro, comprobará cómo ésta es una ayuda para el conocimiento de Dios. “El hombre encuentra la vida eterna -y, me parece, ésta es la única y verdadera cuestión para ti- a través del conocimiento. No obstante ha de tenerse en cuenta que el concepto veterotestamentario de conocer presupone un conocimiento que crea comunión, es hacerse una sola cosa con lo conocido”. De nuevo el encuentro personal con el Dios hecho Hombre en el que “se produce ese conocimiento de Dios que se hace comunión y, con ello, llega a ser vida”.

M.U.: No sé si seré capaz en algún momento, tras madura reflexión, de identificar eso de lo que habla con la palabra “conocimiento”. Lo que sí puedo constatar en mí es una fortísima hambre de Dios. Este punto de partida es, además del inicio de mi personal andadura emprendida en aras a satisfacer esta necesidad vital que experimento de manera dolorosa, engendrador de esperanza. Sí, Santidad, mi deseo de Dios es motor que me impulsa a buscar aquello que apetezco al tiempo que alienta mi esperanza, como acabo de decirle. En los términos en que yo la concibo, la esperanza, como fruto del deseo y como generadora de una fe que no consiste en creer sino en crear, conduce al amor que se encuentra en el mundo espiritual. En definitiva, a Dios. Hasta aquí llega mi aventura interior. Como ve, Santidad, aún estoy en plena búsqueda.

J.R.: De eso se trata, Miguel, de no dejar nunca de buscar. Dios tiene un camino para cada uno y un momento para manifestarse. Tu búsqueda y tu personal interpretación de la fe es, de momento, el único modo de mantenerla. Sí, Miguel, si para ti creer es crear, ¡ánimo! Sigue creando eso que tu corazón pide a gritos. No dudes que si perseveras en tu singular creación sigues caminando. “La fe sólo crece y se fortalece creyendo”. Por eso, si para ti la fe es crear continúa creando para que tu fe aumente y se robustezca. Y en este proceso no te olvides del abandono porque para poseer la certeza sobre tu propia vida, hay que “abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios”.

M.U.: No se imagina, Santidad, lo reveladora que ha resultado para mí esta conversación. ¿Será posible retomarla en otro momento?

J.R.: La vida, querido Miguel, en una caja de sorpresas. ¿Por qué no hemos de esperar otro encuentro? Vamos a desearlo intensamente para que la fuerza de ese deseo conduzca a su cumplimiento.

M.U.: Nada me sería tan grato como compartir con usted mi personal evolución para contarle en qué parajes acaba mi peculiar vía vital.

J.R.: Rogaré al Señor por ti para que sólo Él conduzca tus pasos. Y, no olvides nunca que Dios te espera siempre. En medio de tus elucubraciones, zozobras y angustias su amor te está ofreciendo continuamente su abrazo. Aún cuando conscientemente le dijeras que no por no querer abandonar tu punto de vista, tus convicciones que, sin duda, serán nocivas si van contra su voluntad, Él siempre te sorprenderá: la evolución de la relación del Dios veterotestamentario con su pueblo es prueba de esto que te digo.

En esa historia de la salvación se observa, en efecto, una interesante nota redundante: la acción de Dios se caracteriza por “emprender un nuevo camino del amor después de un primer ofrecimiento fallido. [...] Precisamente esa «flexibilidad» de Dios, que espera la libre decisión del hombre y que, de cada «no», hace brotar una nueva vía del amor, forma parte del camino de la historia de Dios con los hombres, como nos lo describe el Antiguo Testamento. Al «no» de Adán responde con una nueva preocupación por los hombres. Ante el «no» de Babel inaugura una nueva perspectiva de la historia con la elección de Abraham.
La petición de un rey para los israelitas representa en un primer momento una obstinación contra Dios, que quisiera reinar sobre su pueblo de manera inmediata. Pero en la profecía dirigida a David transforma esta terquedad en una vía que lleva luego directamente hacia Cristo, el Hijo de David”. ¿No va a salir a tu encuentro aunque tu camino sea un “no”? Te aseguro, Miguel, que lo hará porque ese “no” tuyo no será fruto ni del desprecio, ni del desinterés negligente por Dios y por sus cosas. Quien busca a Dios -y no hay duda de que tu vida es una búsqueda continua-, ya lo ha encontrado de algún modo. Esto ha dejado escrito Edith Stein. Por eso te animo a que sigas buscando...
En la breve carta apostólica que he escrito para abrir este Año de la fe -ya ves, Miguel, lo providencial de nuestra charla- he dicho que “no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo”. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios”. Tu “camino”, querido amigo, quiere acercarse y penetrar en ese misterio. Por eso te digo: no desfallezcas en tu lucha porque, en un recodo inesperado de esa vía, encontrarás lo que buscas.
M.U.: Santidad, ¡qué rápido ha pasado el tiempo! ¡Y qué pena que tenga que marchar! Gracias por escuchar y consolar al este “energúmeno español”. Mi casa estará siempre abierta para usted.
J.R.: Queda con mi bendición, hijo mío.


Y nuestros dos pensadores se fundieron en un fuerte abrazo capaz de abarcar sus diferencias en la mutua comprensión de sus posturas.