Actividad Científica del Dr. Bernardo Ebrí

Los interesados en poder descargar publicaciones médicas científicas del Dr. Bernardo Ebrí Torné, pueden hacer "clic" en

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Para descargar el programa informático para el cálculo de la Edad ósea en niños, guía explicativa como usarlo, sobre la radiografía de mano izquierda, y luego poder predecir la talla adulta del niño (niños de 0,5 años a 20); específicos programas para niños de 0 a 4 años a través de la radiografía de mano y de pie) (En español y lengua inglesa),publicaciones a este respecto, libro sobre Maduración Esquelética etc.,.., introducirse en la siguiente web: www.comz.org/maduracion-osea
Se abrirá el portal al hacer "clic" y allí, se encuentra toda la información, con posibilidad de descarga.
El método esta siendo utilizado por pediatras, radiólogos, de España, Italia, México, Venezuela...
Comentarios en https://sites.google.com/site/doctorbernardoebri/prueba


Salmos 91:4 y 46:1. El amor de Dios

Salmos 91:4 y  46:1. El amor de Dios
"Pues te cubrirá con sus plumas y bajo sus alas hallarás refugio. ¡Su verdad será nuestro escudo y tu baluarte". "Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia"

Tuesday, October 2, 2012

El 12 de octubre proclama alto y claro que por ser catalán, eres español

¡Catalanes y demás españoles!


Estamos aquí reunidos para denunciar el error y la locura de la deriva independentista que últimamente agita nuestra tierra y proclamar, una vez más, que el conocer y encontrar nuestras verdaderas raíces, es la única solución posible para evitar el abismo al que nos lanza una perversa y pervertidora casta política.

Nuestra premisa es tan sencilla como sublime:Cataluña, sé tu misma, vuelve a tus orígenes, redescubre tu verdadera tradición. Frente a los que proclaman que el ser catalán sólo puede provenir de una emancipación, nosotros respondemos con Torras i Bages que “Cataluña será cristiana, o no será”. Los que cantan una futura plenitud con la independencia, son incapaces de comprender que están dando paso al nacimiento de "Cataluñistán y asistiendo a la muerte de la verdadera Cataluña. Los que aspiran a independizarla de España no representan sino la podredumbre de un cuerpo social casi muerto, que enterrará la Cataluña para que nazca "Cataluñistán". Por el contrario, nosotros, que reconocemos nuestra historia y estamos orgullosos de ella, somos los auténticos herederos dels Almogàvers, els miquelets, els reialistes, els malcontents, els matiners o els carlins de les muntanyes; esto es, de aquellas generaciones de catalanes que supieron ser fieles a su identidad patria y a la fe que la forjó, combatiendo hasta el mayor sacrificio. Por eso estamos obligados a levantar una bandera, humilde pero firme, que ilumine entre tanta confusión interesada. En la actual sociedad de masas, del dominio absoluto de las estructuras mentales y afectivas de los individuos gracias al control mediático, a la estatalización y subvención constante que mata la vida social y al desarraigo social y existencial, es muy fácil movilizar manifestaciones y reclamar locuras que movilizan individuos que buscan desesperadamente identidades fáciles aunque falsas. Sólo la Tradición viva nos puede guiar a discernir y determinar el futuro que han de seguir las próximas generaciones. Este es nuestro tesoro y esta nuestra sabiduría: la fidelidad a lo que fueron nuestros antepasados.

Pero ¿Qué ha sido verdaderamente Cataluña?

“Catalunya Comtat Gran”, que rezaba el viejo himno dels Segadors, que pervirtieron los catalanistas, cambiando la letra original. Fue una realidad política que se configuró al amparo del imperio carolingio, del que pasó a ser directamente parte integrante de la Corona de Aragón en el siglo XIII, por el Tratado de Corbeil (1258). Durante siglos Cataluña fue conocida como la Marca hispánica y sus habitantes, mucho antes de que apareciera la palabra “catalán”, fueron denominados “hispanos”. Al igual que los nuevos reinos y condados cristianos que surgían con la Reconquista, los condados catalanes participaron en la el proyecto de las Españas frente al islam. Tuvimos nuestra propia Covadonga en las peñas de Montgrony y el monasterio de Ripoll fue la cuna de una unidad política y religiosa. De la Corona de Aragón recibimos la Diputación General (La Generalitat) que fue instituida no en tierra catalana sino en las Cortes de Monzón. Como en buena parte de las Españas fueron cristalizando en nuestras tierras instituciones políticas, como las Cortes medievales, que asombraron al mundo y que reflejaban lo que la Cristiandad podía representar como encarnación histórica y no como mero ideal abstracto.

Los Fueros, Constituciones y libertades de Cataluña como reconocimiento de la Corona de Aragón de la identidad de nuestra tierra permitieron el desarrollo de una legislación civil propia que representaba el carácter de nuestro pueblo. La unión de la Corona de Aragón y Castilla fue celebrada como el encuentro de hermanos y los Austrias supieron reconocer la realidad de las Españas. La Guerra de sucesión a inicios del siglo XVIII demostró que una parte de Cataluña aún quería ser fiel a esa Cristiandad medieval. La pérdida de los fueros no impidió que el derecho civil catalán siguiera desarrollándose ni que se doblegara nuestra personalidad, pues ese siglo representó un gran crecimiento que integró aún más Cataluña con los pueblos hispánicos. Si a principios del siglo XVIII, un aciago 11 de septiembre de 1714, el pueblo de Barcelona se mostró monárquico, español y profundamente católico; a finales de esa centuria, en la Guerra Gran (1793-1795), contra los revolucionarios franceses, Cataluña, con sus tercios de miquelets, demostró que era el más monárquico, católico y contrarrevolucionario de los pueblos españoles. Emprendiendo ella sola una guerra contra la revolución francesa, intentando reconquistar el Rosellón para España.


Y así se inició el siglo XIX, donde la montaña catalana fue la patria intermitente de miles de compatriotas que se alzaron en armas contra las revoluciones que empezaban a agitar toda Europa. Cataluña destacó por ser la primera en derrotar a las fuerzas napoleónicas en los Bruchs, mientras que las guerrillas arreciaban en los campos. Los catalanes lucharon después como reialistes contra los guiños de Fernando VII a la revolución, al igual que els malcontents, que volvieron a agitar nuestra tierra cuando los gobiernos liberales empezaban a ensayar una centralización del Estado moderno (mil veces más homogeneizador que el Decreto de Nueva Planta) e iniciaban sus ataques a la Iglesia. Tras lo cual llegó la primera guerra carlista, y luego la dels matiners, y por último, la gran cruzada tradicionalista iniciada por los catalanes a las órdenes de Don Alfonso Carlos por su hermano Carlos VII, que tantos recuerdos dejó arraigados en las masías de terra endins. La resistencia titánica del pueblo catalán a la revolución, en cuanto lo que implicaba de anticlerical y antitradicional al intentar que los Estados modernos absorbieran la vida espiritual y social, no tuvo paragón y es análoga a la resistencia macabea. Pero en el siglo XX esta lucha quedó truncada ante la emergencia de un nuevo fenómeno político: el catalanismo.

Origen y sentido del catalanismo

No podría explicarse el catalanismo sino como una estrategia del liberalismo para aniquilar el pensamiento tradicionalista del pueblo catalán. Aquél, aunque había derrotado al carlismo en el campo de batalla, nunca lo había podido batir en la vida social. El catalanismo surgió como una extraña mezcla de elementos que lo convirtieron en una fuerza política sin prededentes. Por un lado fue fruto del romanticismo que recorría Europa y que llevó a “reinventar” la Edad Media, imaginando naciones y proezas donde jamás existieron. Baste como ejemplo la reivindicación de la bandera catalana (en realidad siempre llamada la Senyal Real d´Aragó) por parte de los historiadores románticos, como si fuera una herencia recibida por Guifredo el Velloso cuando, tras una batalla, el rey franco Carlos el Calvo untó sus dedos en su sangre y dibujó las cuatro barras rojas sobre su escudo. Esta mitificación ha durado hasta nuestros días y tiene como motivo eliminar el sentido de pertenencia a la Corona de Aragón.

Por otro, el catalanismo fue fruto de la instrumentalización de la burguesía catalana de un sentimiento derivado de la frustración ante la pérdida de las últimas provincias de ultramar. La sensación de decadencia y fracaso del Estado español, fue utilizada por la burguesía para sojuzgar unos gobiernos centrales y sacarles el mayor rédito económico posible. Para ello jugó un papel importante Prat de la Riba, fundador del catalanismo político, tal y como lo conocemos hoy, al proporcionarles una ideología, el catalanismo, que se presentaba como moderna y a la vez como tradicional. La burguesía catalana, contradictoriamente conservadora y revolucionaria a la vez, utilizó ese sentimiento para constituir la Lliga regionalista.

En lo religioso, e catalanismo pronto intentó monopolizar el catolicismo para conseguirse una base social, presentándose como la única forma eficaz de defender la catolicidad (y acusando al carlismo de ser una forma caduca de defender la fe). Sin embargo, no tuvo reparos en congratularse con la monarquía liberal, restaurada tras la primera República. El catalanismo creció gracias a que una parte del clero catalán se hizo catalanista, a cambio de prebendas y altos cargos, mientras que la dinastía liberal inundaba con títulos de nobleza a los ricos fabricantes. Muchos católicos, incluso tradicionalistas, se sintieron embelesados por esta propuesta y traicionaron sus raíces. La aparición del catalanismo fue el inicio de la desactivación del hasta entonces irreductible carlismo catalán. A la postre, una parte de la burguesía catalana exasperaba por su codicia encarnaron la injusticia social oprimiendo a obreros e inmigrantes que pronto se sintieron atraídos por los cantos de sirena revolucionarios. El anarquismo, el lerrouxismo, el republicanismo fueron arraigando en las ciudades catalanas y se preparaban así funestas revoluciones que fueron desde la Semana trágica de 1909 hasta la revolución que se explotó en julio de 1936. Cataluña, sin darse cuenta, por obra y gracia de la burguesía catalanista, se transformaba de una sociedad tradicional en una masa revolucionaria.

Las estrategias del catalanismo y sus abismos políticos

Dejando de lado el federalismo republicano de Almirall, antecedente escuálido de un catalanismo que no renegaba de la nación española, el catalanismo político debió su triunfo a la Lliga regionalista. Ello fue posible por sus cálculos y estrategias. El catalanismo hizo creer a muchos que incluso los catalanes pertenecíamos a una raza superior; que Castilla siempre nos había oprimido; que los españoles en general nos odiaban. Estas mentiras fueron convenciendo incluso a los que las inventaron. En la medida que se fomentaba un resentimiento hacia España que tenía sus resultados en las urnas, el catalanismo apelaba a la masa conservadora y católica de Cataluña. El gran líder de la Lliga y heredero de Prat de la Riba, Cambó, apelaba al voto católico mientras que el mismo llevaba una vida frívola, agnóstica y se codeaba con anticlericales. El resentimiento que se sembró acabó dando sus inesperados frutos. Ante el auge del caos social, el catalanismo político apoyó a la Dictadura de Primo de Rivera. Los líderes de la Lliga se olvidaron pronto de la Autonomía conseguida con la Mancomunitat, con tal de que se salvaguardaran sus fábricas y ganancias de las agitaciones revolucionarias. Ello tuvo un efecto inesperado.

Tras la Dictadura de Primo de Rivera, la Lliga pensó que el pueblo catalán le daría su pleno apoyo, pero las urnas dieron el poder a una recién nacida Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), liderada por un quijotesco Macià que encandiló a las masas que le apodaron “L´avi” (el abuelo). El catalanismo se había convertido en una ideología autónoma que no reconocía a sus orígenes conservadores y se deslizaba con fluidez por el discurso de las izquierdas. Con la Llegada de la II República las calles de Barcelona se llenaron de populacho que gritaba sin parar: ¡Visca Macià, Mori Cambó! El catalanismo se había emancipado de su creador y reclamaba la muerte del padre. Pocos años más tarde, con la Guerra civil, se demostraría que el catalanismo original seguía siendo fruto de la burguesía y no tuvo ningún reparo en apoyar a Franco y su sublevación, con tal de que se les devolviera las fábricas. Pero quizá lo más paradójico es descubrir cómo entre los más entusiastas del catalanismo y la República estaba un sector del clero que después habría de sufrir cruenta persecución. Los desvaríos del clero catalanista llevaron incluso a fundar, contra la Acción Católica Española, la Federació de Joves Cristians de Catalunya, los fejocistas, argumentando que el pueblo catalán tenía una espiritualidad católica diferente al resto de los pueblos españoles. No somos nadie para juzgar esas almas, pues muchos de ellos serían mártires en 1936, pero sí debemos denunciar la estrategia política que llevó a consolidar un catalanismo de gérmenes revolucionarios que más tarde se volvería contra la Iglesia. Los escamots de ERC, herederos inesperados de la Lliga conservadora, mancharon sus manos hasta la saciedad con la sangre de miles de sacerdotes y fieles católicos.

Catalanes y españoles.

El ejemplo del Tercio de Requetés: el amor frente al odio

Quienes lucharon en el Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat, representan la quinta esencia de nuestra tierra, pues ellos son desde todos los puntos de vista, los verdaderos herederos de los combatientes del 11 de septiembre, de la Guerra Gran, de la Guerra del Francés y de las Guerras carlistas. Entre tantas generaciones hay un nexo de unión que es la “rauxa” catalana cuando se trata de defender lo que funda la esencia de nuestro pueblo. Durante la persecución religiosa del 1936-39, en Cataluña fueron asesinados más de 3.000 carlistas, nada comparable con las pocas decenas de asesinados de la Lliga. Los esfuerzos de Companys por salvar catalanistas, aunque fueran de derechas, dieron sus frutos, pero otros catalanes no catalanistas fueron abandonados a su suerte. Ello no impidió que fueran asesinados 150 fejocistas a causa de su fe.

Lo que pocos saben es que muchos fejocistas, que consiguieron huir de Cataluña durante la persecución, se alistaron al Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat. Se les podía haber reprochado su insensatez catalanista o acusado de las desgracias que asolaban nuestro suelo patrio, pero los requetés supieron tener alteza de miras y reconocer lo más alto y profundo que les unía: la misma fe y en el fondo un amor sincero a su tierra. Así, en correspondencia, los antiguos catalanistas aprendieron a amar la Patria y a morir, muchos de ellos, gritando Visca Espanya. Entre los requetés se produjo el milagro de cómo aquellos catalanistas que sólo reconocían la Patria chica, abrazaron la Patria grande, descubriendo que esos amores no son incompatibles. Esta es la lección que hoy queremos mostrar a todos los catalanes de buena fe, muchos de ellos engañados y contaminados de un nuevo romanticismo burgués y deseosos de una mística que dé sentido a sus vidas y que sus párrocos han dejado de ofrecerles. No lo dudemos, el triunfo actual del nacionalismo se corresponde con la secularización imperante y ésta por la dejación de muchos que debiendo predicar la fe, se dedicaron a divinizar patrias imaginadas.

La falsa dialéctica del independentismo y nuestra solución

En estos últimos años, el partido heredero de la Lliga, Convergència i Unió, quiere lanzarnos a la aventura que ya intentaron sus antecesores y que nos llevó a la debacle durante la República. El actual presidente de la Generalitat de Cataluña (el nuevo "Rey" Arturo) debe saber que los vientos que ahora siembra le revolcarán hasta su ruina, al igual que en su tiempo le sucedió a Cambó; igualmente debe ser consciente que el catalanismo radical que ha alentado, financiado y dirigido, le acabará tarde o temprano sobrepasando y que su soñada Cataluña independiente no sería un oasis capitalista sino un gulag socialista. ¿Acaso nadie se ha preguntado por qué durante la última manifestación separatista del 11 de septiembre apenas se vieron banderas catalanas, en cambio sí innumerables esteladas? La respuesta es sencilla, los independentistas ni siquiera aman la cuatribarrada y la han profanado con una estrella revolucionaria. El Estado que añora el resto caduco de la burguesía catalana que nadie piense que sería un paraíso de libertades, donde se restituyeran fueros y constituciones tradicionales. Por el contrario, sería un Estado hipercentralista del que hubiera aborrecido cualquier catalán de siglos pasados.
y por último, no debemos caer en la falsa dialéctica de quienes quieren enfrentar los amores a Cataluña y España. El catalanismo es una perversión de la catalanidad, así como el nacionalismo español es una deformación del amor Patrio. No podemos permitir que el odio se instale en Cataluña hacia el resto de España ni viceversa. Nuestros antepasados nos impelen a demostrar que esos amores se pueden aunar y que la mejor forma de amar España, es siendo verdaderos catalanes; que la Catalanidad es una concreción de la Hispanidad, así como la Hispanidad lo es de la Cristiandad. Nuestra misión es impedir que el catalanismo se apodere de lo catalán, pues es su antítesis.

Este es el remedio frente al catalanismo: simplemente ser catalanes. Demostremos a España que nuestra condición de ser buenos españoles es previamente ser buenos catalanes. Esto es lo que nos enseñaron nuestros mártires.

Amigos, comprometámonos a seguir la senda de nuestros antepasados y defender nuestra amada tierra, gritando:


¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España! ¡Visca Catalunya espanyola!

En Montserrat, 30 de septiembre de 2012

III Marcha Internacional por la Vida

María San Gil ha respaldado este martes la III Marcha Internacional por la Vida del próximo 7 de octubre, que considera “una ocasión extraordinaria de cambiar una ley injusta”, según ha explicado en una carta enviada por email a los 381.000 miembros de HazteOir.org y Derecho a Vivir.


La expresidenta del PP vasco anima a las familias españolas a asistir a los actos convocados el próximo fin de semana en más de cien ciudades, con el lema Por el derecho a vivir, #AbortoCero.

La reforma del aborto, que el Gobierno ha anunciado que presentará este otoño, debe “garantizar la protección de toda vida humana, también de la vida humana que va a nacer, tal y como establece el artículo 15 de nuestra Constitución y como interpreta el Tribunal Constitucional cuando dice que el nasciturus es sujeto, también, del derecho fundamental a la vida”, señala María San Gil en su invitación a la Marcha por la Vida.

La autora de En la mitad de la vida examina la experiencia del aborto en España: “Si algo podemos sacar en claro, veintisiete años desde la primera ley de 1985 y un millón y medio de bebé abortados después, es que el aborto no es un acto médico, sino la extinción violenta de una vida humana y no libera a la mujer, sino que, al contrario, muchas veces le causa un daño difícilmente reparable”.

María San Gil anima a la sociedad española a pedir “con voz clara, serena y alegre” el próximo 7 de octubre una nueva ley que “proteja el derecho a la vida humana y apoye a las mujeres”. Estas tienen derecho a “disponer de alternativas ante un embarazo imprevisto y a ser acompañadas durante su embarazo, cuando tienen dificultades económicas, o pueden ser despedidas de su trabajo o excluidas de su familia y de su entorno por tener a su hijo”.

“Toda mi vida me he resistido, con la fuerza de la razón y mis modestos actos, al abuso y la violencia”, dice María San Gil en su carta de apoyo a la Marcha Internacional por la Vida.

“Confío”, dice, “en que el próximo 7 de octubre España dé un paso decisivo para derogar la falsa libertad del aborto, que es solo la tiranía de abusar de la vida de los otros”.

La Marcha Internacional por la Vida se celebrará el próximo domingo 7 de octubre en más de cien ciudades de España, Europa e Iberoamérica. En todas, se leerá el manifiesto “Aborto Cero”, que pide al Gobierno que derogue la ley del aborto y presente una ley que proteja la vida humana; que impulse un plan nacional de apoyo a la maternidad y que cambie la legislación sobre adopciones para fomentarlas y agilizarlas.

Wednesday, September 26, 2012

La liturgia, lugar privilegiado del encuentro de los cristianos con Dios

Palabras de Benedicto XVI en la audiencia general de hoy


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 26 septiembre 2012 (ZENIT.org).- La audiencia general de esta mañana tuvo lugar a las 10,30 en la plaza de San Pedro, donde Benedicto XVI --proveniente en helicóptero de la residencia de veraneo de Castel Gandolfo- se encontró con grupos de peregrinos y fieles llegados de Italia y otros países. En su discurso, el papa, reanudó el ciclo de catequesis sobre la oración, centrado en su meditación sobre la liturgia. Ofrecemos el texto íntegro del discurso del santo padre.

Queridos hermanos y hermanas:

En los últimos meses hemos caminado a la luz de la Palabra de Dios, para aprender a orar de un modo más auténtico, observando algunas grandes figuras del Antiguo Testamento, los Salmos, las epístolas de san Pablo y el Apocalipsis, pero también contemplando la experiencia única y fundamental de Jesús, en su relación con el Padre Celestial. De hecho, solo en Cristo, el hombre está capacitado para unirse a Dios con la profundidad y la intimidad de un niño ante un padre que lo ama, sólo en Él podemos acudir con toda verdad a Dios llamándolo con afecto "¡Abbá!, ¡Padre!" Al igual que los Apóstoles, también nosotros hemos repetido en estas semanas y le repetimos a Jesús hoy: "Señor, enséñanos a orar" (Lc. 11,1).
Además, para aprender a vivir con mayor intensidad la relación personal con Dios, hemos aprendido a invocar al Espíritu Santo, primer don del Resucitado a los creyentes, porque es él quien "viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene" (Rm. 8,26), dice san Pablo, y sabemos que está en lo correcto.
En este punto, después de una larga serie de catequesis sobre la oración en la Escritura, podemos preguntarnos: ¿cómo puedo dejarme formar por el Espíritu Santo y por lo tanto volverme capaz de entrar en la atmósfera de Dios, de orar con Dios? ¿Cuál es esta escuela en la cual Él me enseña a orar, viene y me ayuda en mi esfuerzo por dirigirme de la manera correcta a Dios? La primera escuela para la oración –lo hemos visto en estas semanas-- , es la Palabra de Dios, la Sagrada Escritura. La Sagrada Escritura es un permanente diálogo entre Dios y el hombre, un diálogo progresivo en el que Dios se muestra cada vez más cerca, en el que podemos conocer cada vez mejor su rostro, su voz, su ser: y el hombre aprende a aceptar el poder conocer a Dios, de hablar con Dios. Así es que, en estas semanas, leyendo la Sagrada Escritura, hemos intentado, con la Escritura, a partir de este diálogo permanente, a aprender cómo podemos ponernos en contacto con Dios.
Hay otro valioso "espacio", otra valiosa "fuente" para crecer en la oración, una fuente de agua viva en estrecha relación con la anterior. Me refiero a la liturgia, que es un lugar privilegiado en el que Dios nos habla a cada uno de nosotros, aquí y ahora, y espera nuestra respuesta.
¿Qué es la liturgia? Si abrimos el Catecismo de la Iglesia Católica --subsidio siempre valioso, yo diría fundamental--, se lee que en un principio la palabra "liturgia" significa "servicio de parte de y en favor del pueblo" (n. 1069). Si la teología cristiana tomó esta palabra del mundo griego, lo hace obviamente pensando en el nuevo Pueblo de Dios nacido de Cristo, que abrió sus brazos en la cruz para unir a los hombres en la paz del único Dios. "Servicio a favor del pueblo", un pueblo que no existe por sí mismo, sino que se ha formado a través del Misterio Pascual de Jesucristo. De hecho, el Pueblo de Dios no existe por lazos de sangre, de territorio o nación, sino nace siempre de la obra del Hijo de Dios y de la comunión con el Padre que Él nos obtiene.

El Catecismo también dice que "en la tradición cristiana quiere significar que el Pueblo de Dios toma parte en 'la obra de Dios'" (n. 1069), porque el pueblo de Dios como tal existe solo por obra de Dios.
Esto nos lo ha recordado el propio desarrollo del Concilio Vaticano II, que inició su trabajo hace cincuenta años, con la discusión del proyecto sobre la sagrada liturgia, aprobado solemnemente después el 4 de diciembre de 1963, y que fue el primer texto aprobado por el Concilio. Que el documento sobre la liturgia fuese el primer resultado de la asamblea conciliar, tal vez fue considerado por algunos una casualidad. Entre los muchos proyectos, el texto sobre la sagrada liturgia parecía ser el menos controvertido y, justo por esta razón, pudo ser una especie de ejercicio para aprender la metodología de trabajo conciliar. Pero sin duda, lo que a primera vista puede parecer una casualidad, resultó ser la mejor opción, incluso en la jerarquía de los temas y tareas más importantes de la Iglesia. Comenzando así, con el tema de la "liturgia", el Concilio puso de manifiesto muy claramente la primacía de Dios, su principal prioridad. En primer lugar Dios: esto nos explica la elección conciliar de partir de la liturgia. Donde la mirada de Dios no es decisiva, todo lo demás pierde su orientación. El criterio básico para la liturgia es su orientación hacia Dios, para que podamos participar así de su obra.
Pero podemos preguntarnos: ¿cuál es esta obra de Dios a la que estamos llamados a participar? La respuesta que nos da la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia es aparentemente doble. En el número 5 nos dice, en efecto, que la obra de Dios son sus acciones históricas que nos traen la salvación, que culminan en la muerte y resurrección de Jesucristo; pero en el número 7 de la Constitución se define la celebración de la liturgia como "la obra de Cristo". De hecho, estos dos significados son inseparables.
Si nos preguntamos qué salva al mundo y al hombre, la única respuesta es Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, crucificado y resucitado. ¿Y donde está presente para nosotros, para mí hoy el misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo, que trae la salvación? La respuesta es: en la acción de Cristo a través de la Iglesia, en la liturgia, sobre todo en el sacramento de la Eucaristía, que hace presente la ofrenda sacrificial del Hijo de Dios, quien nos ha redimido; en el Sacramento de la Reconciliación, en el cual se pasa de la muerte del pecado a la nueva vida; y en los otros actos sacramentales que nos santifican (cf. Presbyterorum ordinis, 5). Por lo tanto, el Misterio Pascual de la Muerte y Resurrección de Cristo es el centro de la teología litúrgica del Concilio.
Vamos a dar un paso más y preguntarnos: ¿de qué modo se hace posible esta actualización del Misterio Pascual de Cristo? El beato Juan Pablo II, a 25 años de la constitución Sacrosanctum Concilium, escribió: "Para actualizar su misterio pascual, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en las acciones litúrgicas. La Liturgia es, por consiguiente, el «lugar» privilegiado del encuentro de los cristianos con Dios y con quien Él envió, Jesucristo (cf. Jn. 17,3)" (Vicesimus Quintus annus, n. 7). En el mismo sentido, lo leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica de la siguiente manera: "Toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo, y este encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y de palabras". (n. 1153). Por lo tanto, el primer requisito para una buena celebración litúrgica es que sea oración, conversación con Dios, sobretodo escucha y por lo tanto respuesta. San Benito, en su "Regla", hablando de la oración de los Salmos, indica a los monjes: mens concordet voci, "que la mente concuerde con la voz". El Santo enseña que en la oración de los Salmos, las palabras deben preceder a nuestra mente. Por lo general esto no sucede, primero debemos pensar y luego, cuando hemos pensado, se convierte en palabra. Aquí, en cambio, en la liturgia, es a la inversa, la palabra precede. Dios nos ha dado la palabra, y la sagrada liturgia nos ofrece las palabras; tenemos que entrar al interior de las palabras, en su significado, acogerla en nosotros, ponernos en sintonía con estas palabras; de este modo llegamos a ser hijos de Dios, similares a Dios.
Como lo señaló la Sacrosanctum Concilium, para garantizar la plena eficacia de la celebración "es necesario que los fieles se acerquen a la sagrada Liturgia con recta disposición de ánimo, pongan su alma en consonancia con su voz y colaboren con la gracia divina, para no recibirla en vano" (n. 11).
Un elemento fundamental, principal, del diálogo con Dios en la liturgia, es la correlación entre lo que decimos con nuestros labios y lo que llevamos en nuestros corazones. Entrando en las palabras de la gran historia de la oración, nosotros mismos estamos conformados al espíritu de estas palabras y son volvemos capaces de hablar con Dios.
En esta línea, sólo quiero referirme a uno de los momentos que, durante la misma liturgia, nos llama y nos ayuda a encontrar una correlación, este ajustarse a lo que oímos, decimos y hacemos en la celebración de la liturgia. Me refiero a la invitación que formula el celebrante antes de la Plegaria Eucarística: "Sursum corda", levantemos nuestros corazones fuera de la maraña de nuestras preocupaciones, de nuestros deseos, de nuestras angustias, de nuestra distracción. Nuestro corazón, lo íntimo de nosotros mismos, debe abrirse dócilmente a la Palabra de Dios, y unirse a la oración de la Iglesia, para recibir su orientación hacia Dios de las mismas palabras que escucha y dice. La mirada del corazón debe dirigirse al Señor, que está en medio de nosotros: es una disposición fundamental.
Cuando vivimos la liturgia con esta actitud de fondo, nuestro corazón está como sustraído a la fuerza de gravedad, que lo atrae hacia abajo, mientras se eleva interiormente hacia arriba, hacia la verdad y hacia el amor, hacia Dios. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: "La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar" (n. 2655): altare Dei est cor nostrum.

Queridos amigos, celebramos y vivimos bien la liturgia solo si permanecemos en una actitud de oración --no si queremos "hacer cualquier cosa", hacer que nos vean--, sino si orientamos nuestro corazón a Dios y estamos en actitud de oración uniéndonos al Misterio de Cristo y a su coloquio de Hijo con el Padre. Dios mismo nos enseña a orar, dice san Pablo (cf. Rom. 8,26). Él mismo nos ha dado las palabras adecuadas para dirigirnos a Él, palabras que encontramos en los Salmos, en las grandes oraciones de la sagrada liturgia y en la misma celebración eucarística.
Roguemos al Señor para ser cada vez más conscientes del hecho que la liturgia es acción de Dios y del hombre; oración que viene del Espíritu Santo y de nosotros, dirigida por completo al Padre, en unión con el Hijo de Dios hecho hombre (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2564). Gracias.


Traducido del original italiano por José Antonio Varela V.



©Librería Editorial Vaticana




Wednesday, September 5, 2012

No podemos vivir sin creer

ROMA, miércoles 5 septiembre 2012 (ZENIT.org).- A pocas semanas de la inauguración de la Asamblea del Sínodo de los Obispos para la Nueva Evangelización y del Año de la Fe a los que ha convocado el papa Benedicto XVI, ofrecemos la carta de monseñor Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara en España, donde aborda el tema de la fe.


Cuando pronunciamos conscientemente la palabra “creo” estamos constatando una realidad que acontece en la convivencia diaria. Cada uno, al relacionarse con sus semejantes, no puede hacerlo sin creer en él y en lo que dice. Aunque en alguna ocasión tenga que contrastar determinadas afirmaciones por considerarlas exageradas o poco ajustadas a la verdad, sin embargo no puede vivir desconfiando constantemente de los demás. La confianza está en la base de la convivencia familiar y social. Por eso, para que no fomentar la desconfianza hacia los demás, la mentira y el engaño deberían estar desterrados de las
relaciones sociales.
Esta fe y confianza en los demás podemos apreciarlas fácilmente en los niños y jóvenes. Lo que aprenden en el hogar familiar y en el colegio, lo admiten y asumen porque creen en la bondad de sus padres y porque se fían de los conocimientos de sus profesores. La propia experiencia nos dice que muchos de nuestros conocimientos se deben a la acogida confiada de los saberes e informaciones recibidos de otras personas, en las que confiamos. Creer, por lo tanto, no es una actitud exclusivamente religiosa, sino una realidad humana absolutamente general que invade nuestras informaciones cotidianas.
Cuando analizamos las relaciones humanas podemos observar que el creer en el otro se nos impone. No podemos vivir en la sociedad sin confiar, es decir, sin tener fe en nuestros semejantes. El amor y la amistad con quienes convivimos cada día serían imposibles, si no creyésemos en ellos. Ambas se sustentan en una fe entre las personas que se aman, hasta tal punto que cada uno puede confiar y esperar la fidelidad del otro en el presente y en el futuro.
De acuerdo con lo dicho hasta aquí, podemos afirmar que el acto de creer es un acto esencial de la condición humana y, por tanto, auténticamente humano. Confiar en los otros forma parte de nuestra vida independientemente del creer religioso. Por lo tanto, prescindir del creer o relegarlo a un segundo plano en la vida, no sólo sería una contradicción existencial, sino una negación de lo que realmente somos.
Ahora bien, si creemos en las personas con las que nos relacionamos cada día y aceptamos su testimonio sobre distintos aspectos de la realidad, tendríamos que preguntarnos: ¿Por qué no creer en el testimonio de los millones de hombres y mujeres que a lo largo de la historia nos han dicho con sus palabras y obras que Dios existe?. ¿Por qué no fiarnos de quienes nos lo siguen diciendo en nuestros días?. ¿No estaremos siendo contradictorios al aceptar el testimonio sobre determinados aspectos de la realidad y cerrarnos a los testimonios religiosos?
La teología católica afirma que la fe no depende de la razón, pero que no es irracional. Aunque la fe supere la capacidad racional del ser humano, sin embargo no va en contra de la razón. Cuando creemos y nos fiamos de lo que nos dicen tantas personas conocidas, no actuamos contra la razón, sino que la descubrimos potenciada. El Papa Benedicto XVI, consciente de los intentos de la cultura actual de separar la fe de la razón, no cesa de recordarnos que no existe oposición entre fe y razón, entre el saber teológico y científico, sino complementariedad. Que el Señor nos ayude a creer y confiar en Él y en los hombres.

Con mi bendición, feliz día del Señor.
+ Atilano Rodríguez

Obispo de Sigüenza-Guadalajara



Tuesday, September 4, 2012

Pakistán: Musulmán viola a niña cristiana de 10 años

No cesan los abusos contra las minorías religiosas


FAISALABAD, martes 4 septiembre 2012 (ZENIT.org).- En Pakistán continúa la ola de violencia contra los cristianos, quienes no solo son víctimas de los abusos perpetrados en nombre de la blasfemia, sino también de la violencia sexual, ya que a las niñas pertenecientes a minorías religiosas se les trata como meros objetos de placer.

Según refiere AsiaNews en un artículo firmado por Shafique Khokar, a finales de agosto la niña Allah Rakhi fue violada por un comerciante musulmán, y abandonada inconsciente en el suelo. Originaria de Yousafabad en Medina-Faisalabad, la pequeña de tan solo 10 años pertenece a una familia cristiana muy pobre que sufre una vez más las injusticias por su condición minoritaria en el país.

A través de reportes locales, se supo que el informe del médico confirmó la violación, lo que condujo a la detención del ciudadano Muhammad Nazir, quien amenazaba hasta el final a los cristianos con "hacerles pagar" si informaban de los hechos. A pesar de ello, y con la ayuda de un activista cristiano, se recogió la queja para denunciarlo.

Entrevistado por AsiaNews, el padre de la niña dijo: "somos pobres" y "no somos capaces de luchar contra estos ricos". Por razones de seguridad, el señor Masih ha escondido a su hija, que aún se encuentra en una condición "crítica".

Para comentar la triste historia también interviene el padre Khalid Rashid Asi, vicario general de la diócesis de Faisalabad, según el cual "debido a la falta de justicia en Pakistán, los ricos y los poderosos pueden hacer actos similares con toda impunidad", como sucede a menudo.

Agrega que si este terrible crimen hubiera ocurrido en contra de una niña musulmana, "probablemente habrían quemado todos los hogares cristianos en la zona." La ley debe ser igual para todos, dijo el sacerdote, "y los culpables deben ser castigados".

Caso Rimsha

En relación al caso de la niña Rimsha Masih, arrestada aún por la supuesta quema de páginas de un libro referido al Corán, la audiencia ha sido suspendida hasta el viernes 7 de septiembre debido a una huelga de los abogados del Punjab, y ante el permiso solicitado por una de las partes que debe ausentarse de la ciudad. (javv)



Friday, August 24, 2012

La naturaleza del hombre es relación con el infinito

El tema del Meeting de Rimini analizado en la intervención de Javier Prades López, rector de la Universidad San Dámaso de Madrid


Por Luca Marcolivio



RIMINI, miércoles 22 agosto 2012 (ZENIT.org).- La desproporción entre realidad y deseo es la que impulsa al hombre a una búsqueda sin confines. Es precisamente esta más o menos consciente relación con el infinito la que pone en movimiento a los hombres de todo tiempo, también en esta época dominada por la horizontalidad.

El tema del Meeting de este año, La naturaleza del hombre es relación con el infinito, está inspirado en una frase de don Luigi Giussani y la conferencia central del mismo tema ha sido confiada a don Javier Prades López, uno de los más ilustres hijos espirituales de Giussani.

Ayer por la tarde, ante una abarrotada sala B7 de la Feria de Rimini (doce mil personas, sin contar quienes siguieron la conferencia por las maxipantallas exteriores), el teólogo español, rector de la Universidad de San Dámaso de Madrid, ha ido sin vacilar a las raíces de la universal y bíblica pregunta: ¿quién es el hombre para que te cuides de él? (Sal 8).

Inevitables los paralelos entre la tradición y la modernidad en torno al decisivo interrogante pero Prades López tuvo éxito en el no fácil intento de eludir tal dualismo, citando a don Giussani, sin descuidar otros nombres menos previsibles pero igual de significativos.

"La eterna disociación entre realidad y deseo --explicó el rector de San Dámaso- desde siempre atribula y hace penar al hombre. Cada uno de nosotros debe aceptar que la vida que le espera es demasiado limitada para que se puedan albergar en ella todos aquellos deseos que llevamos dentro".

El drama del hombre que desea demasiado --tanto más cuando logra realizar todos sus propios deseos o gran parte de ellos- es la pérdida del sentido de sus pensamientos y sus acciones: se convierte en un hombre incapaz de verdadera experiencia, por tanto no tiene sustancialmente nada que decir.

El anhelo de infinito es más o menos manifiesto en todos pero nadie lo ha percibido nunca en modo más nítido que quien ha tenido la experiencia personal de Jesucristo, el Dios hecho hombre, el infinito que ha entrado físicamente en la finitud de la vida y de la muerte.

Una metáfora de la tensión hacia el infinito es la del horizonte que, como argumentaba el escultor Eduardo Chillida, "es inalcanzable" y, si nosotros avanzamos, se desplaza. Por su naturaleza, "el horizonte es la patria común de todos los hombres".

El escritor Ernesto Sábato se detiene sobre similar concepto de "absoluto", extrayendo consecuencias no muy diversas: la necesidad de absoluto es "una nostalgia de algo a lo que nunca he llegado", decía Sábato, y con esta nostalgia "confrontamos toda la vida".

Don Giussani, por su parte, formuló la categoría de la "experiencia elemental", es decir aquél "conjunto de exigencias y evidencias originales con las que el hombre se ve proyectado a confrontar con todo lo que existe".

Estamos ante un anhelo y una inquietud a los que sólo Jesucristo puede dar respuesta, siendo su Resurrección "el primer y fundamental acontecimiento en el que el punto de fuga se hace experiencia del hombre".

Porque en la realidad "el punto de fuga es el índice de un más allá, este más allá se ha convertido en carne y huesos".

Si una barca, acercándose al horizonte, se hace cada vez más pequeña (como dicen las populares "Sevillanas del adiós"), don Giussani explicaba que la novedad del cristianismo consiste en lo contrario, es decir el horizonte que, sorprendentemente, se acerca al hombre.

Es de tal manera rompedor el cristianismo, el infinito que se asoma a la historia de cada uno de nosotros, que es imposible reducirlo a pura experiencia subjetiva, confinada al ámbito personal, como pretenderían las ciencias naturales y sociales actuales.

El cristianismo debe por tanto afrontar la puesta en cuestión de la mentalidad contemporánea de tres asuntos fundamentales e irrenunciables: la unicidad del hombre en cuerpo y alma; su intrínseca constitución sexual como hombre y mujer; la plenitud del hombre en la sociabilidad natural.

Sobre el primero de los tres asuntos citados, sin embargo, está la sorprendente respuesta que proporcionan las neurociencias, que ponen en crisis "una explicación del hombre puramente inmanente, de tipo material, incapaz de dar cuenta del enigma del hombre".

Podemos conocer por tanto a Cristo, máxima expresión humana del Infinito manifestado en la tierra, y podemos conocerlo mejor en la mendicidad. "El verdadero protagonista de la historia es el mendicante: Cristo mendicante del corazón del hombre y el corazón del hombre mendicante de Cristo", afirmó Prades hacia la conclusión de su intervención.

Traducción al español de la edición italiana de ZENIT



Wednesday, July 18, 2012

Un poco de Memoria Histórica sobre la Guerra Civil Española

75 aniversario de la Carta Colectiva del Episcopado Español (I)



En marzo de 1937, Pío XI encargó a Gomá la redacción de una carta colectiva. El Junio, el cardenal redacta el borrador y tras comunicarlo a Roma, lo envía a todos los obispos en Junio.

La extensión de la carta es de unas 45 páginas, con la siguiente estructura :

Razón de este documento.

Naturaleza de la carta.

Nuestra posición ante la guerra.

El quinquenio que precedió a la guerra.

El alzamiento militar y la revolución comunista.

Características de la revolución comunista.

El movimiento nacional: sus caracteres.

Se responde a unos reparos.

Conclusión.

Carta colectiva de los obispos españoles a los obispos de todo el mundo con motivo de la guerra en España


Pamplona – Gráficas Descansa

1º de Julio de 1937

Venerables hermanos:

1º. Razón de este documento

Suelen los pueblos católicos ayudarse mútuamente en días de tribulación, en cumplimiento de la ley de caridad de fraternidad que une en un cuerpo místico a cuantos comulgamos en el pensamiento y amor de Jesucristo. Organo natural de este intercambio espiritual son los Obispos, a quien puso el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios. España, que pasa una de las más grandes tribulaciones de su historia, ha recibido múltiples manifestaciones de afecto y condolencias del Episcopado católico extranjero, ya en mensajes colectivos, ya de muchos Obispos en particular. Y el Episcopado español, tan terriblemente probado en sus miembros, en sus sacerdotes y en sus Iglesias, quiere hoy corresponder con este Documento colectivo a la gran caridad que se nos ha manifestado de todos los puntos de la tierra.
Nuestro país sufre un trastorno profundo: no es sólo una guerra civil creuntísima la que nos llena de tribulación; es una conmoción tremenda la que sacude los mismos cimientos de la vida social y ha puesto en peligro hasta nuestra existencia como nación. Vosotros los habéis comprendido, Venerables Hermanos, y "vuestras palabras y vuestro corazones nos han abierto" diremos con el Apóstol, dejándonos ver las extrañas de vuestra caridad para con nuestra patria querida. Que Dios os lo premie.
Pero con nuestra gratitud, Venerables Hermanos, debemos manifestaros nuestro dolor por el desconocimiento de la verdad de lo que en España ocurre. Es un hecho, que nos consta por documentación copiosa, que el pensamiento de un gran sector de opinión extranjera está disociado de la realidad de los hechos ocurridos en nuestro país. Causas de este extravió podría ser el espíritu anticristiano, que ha visto en la contienda de España una partida decisiva en pro o contra de la religión de Jesucristo y la civilización cristiana; la corriente opuesta de doctrinas políticas que aspiran a la hegemonía del mundo; la labor tendenciosa de fuerzas internacionales ocultas; la antipatria, que se ha valido de españoles ilusos que, amparándose en el nombre de católicos, han causado enorme daño a la verdadera España. Y lo que más nos duele es que una buena parte de la prensa católica extranjera haya contribuido a esta desviación mental, que podría ser funesta para los sacratísimos intereses que se ventilan en nuestra patria.

Casi todos los Obispos que suscribimos esta Carta hemos procurado dar a su tiempo la nota justa del sentido de la guerra. Agradecemos a la prensa católica extrajera el haber hecho suya la verdad de nuestras declaraciones, como lamentamos que algunos periódicos y revistas, que debieron (pf) ser ejemplo de respeto y acatamiento a la voz de los Prelados de la Iglesia, las hayan combatido o tergiversado.

Ello obliga al Episcopado español a dirigirse colectivamente a los Hermanos de todo el mundo, con el único propósito de que resplandezca la verdad, oscurecida por ligereza o por malicia, y nos ayude a difundirla. Se trata de un punto gravísimo en que se conjugan no los intereses políticos de una nación, sino los mismos fundamentos providenciales de la vida social: la religión, la justicia, la autoridad y la libertad de los ciudadanos.
Cumplimos con ello, junto con nuestro oficio pastoral- que importa ante todo el magisterio de la verdad - con un triple deber de religión, de patriotismo y de humanidad. De religión, porque, testigos de las grandes prevaricaciones y heroísmo que han tenido por escena nuestro país, podemos ofrecer al mundo lecciones y ejemplos que caen dentro de nuestro ministerio episcopal y que habrán de ser provechosos a todo el mundo; de patriotismo, porque el Obispo es el primer obligado a defender el buen nombre de su patria "terra patrum", por cuanto fueron nuestros venerables predecesores los que formaron la nuestra, tan cristiana como es, "engendrando a sus hijos para Jesucristo por la predicación del Evangelio"; de humanidad, porque, ya que Dios ha permitido que fuese nuestro país el lugar de experimentación de ideas y procedimientos que aspiran a conquistar el mundo, quisiéramos que el daño se redujese al ámbito de nuestra patria y se salvaran de la ruina de las demás naciones.

2º. Naturaleza de esta carta
Este Documento no será la demostración de una tesis, sino la simple exposición, a grandes líneas, de los hechos que caracterizan nuestra guerra y la dan su fisonomía histórica. La guerra de España es producto de la pugna de ideologías irreconciliables; en sus mismos orígenes se hallan envueltas gravísimas cuestiones de orden moral y jurídico, religioso e histórico. No sería difícil el desarrollo de puntos fundamentales de doctrina aplicada a nuestro momento actual. Se ha hecho ya copiosamente, hasta por algunos de los Hermanos que suscriben esta Carta. Pero estamos en tiempos de positivismo calculador y frío y, especialmente cuando se trata de hechos de tal relieve histórico como se han producido en esta guerra, lo que se quiere - se nos ha requerido cien veces desde el extranjero en este sentido - son hechos vivos y palpitantes que, por afirmación o contraposición, den la verdad simple y justa.
Por esto tiene este Escrito un carácter asertivo y categórico de orden empírico. Y ello en sus dos aspectos: el de juicio que solidariamente formulamos sobre la estimación legítima de los hechos; y el de afirmación "per oppositum", con que deshacemos, con toda caridad, las afirmaciones falsas o las interpretaciones torcidas con que haya podido falsearse la historia de este año de vida de España.

3º. Nuestra posición ante la guerra

Conste antes que todo, ya que la guerra pudo preverse desde que se atacó ruda e inconsideradamente al espíritu nacional, que el Episcopado español ha dado, desde el año 1931, altísimos ejemplos de prudencia apostólica y ciudadana. Ajustándose a la tradición de la Iglesia y siguiendo las normas de la Santa Sede, se puso resueltamente al lado de los poderes constituidos, con quienes se esforzó en colaborar para el bien común. Y a pesar de los repetidos agravios a personas, cosas y derechos de la Iglesia, no rompió su propósito de no alterar el régimen de concordia de tiempo atrás establecido. "Etiam dyscolis": A los vejámenes respondimos siempre con el ejemplo de la sumisión leal en lo que podíamos; con la protesta grave, razonada y apostólica cuando debíamos; con la exhortación sincera que hicimos reiteradamente a nuestro pueblo católico a la sumisión legitima, a la oración, a la paciencia y a la paz. Y el pueblo católico nos secundó, siendo nuestra intervención valioso factor de concordancia nacional en momentos de honda conmoción social y política.
Al estallar la guerra hemos lamentado el doloroso hecho, más que nadie, porque ella es siempre un mal gravísimo, que muchas veces no compensan bienes problemáticos, porque nuestra misión es de reconciliación y de paz: "Et in terra pax". Desde sus comienzos hemos tenido las manos levantados al cielo para que cese. Y el pueblo católico repetimos la palabra de Pío XI, cuando el recelo mutuo de las grandes potencias iba a desencadenar otra guerra sobre Europa: "Nos invocamos la paz, bendecimos la paz, rogamos por la paz". Dios nos es testigo de los esfuerzos que hemos hecho para aminorar los estragos que siempre son su cortejo.
Con nuestros votos de paz juntamos nuestro perdón generoso para nuestros perseguidores y nuestros sentimientos de caridad para todos. Y decimos sobre los campos de batalla y a nuestros hijos de uno y otro bando la palabra del apóstol: "El Señor sabe cuánto os amamos a todos en las entrañar de Jesucristo".
Pero la paz es la "tranquilidad del orden, divino, nacional, social e individual, que asegura a cada cual su lugar y le da lo que le es debido, colocando la gloria de Dios en la cumbre de todos los deberes y haciendo derivar de su amor el servicio fraternal de todos". Y es tal la condición humana y tal el orden de la Providencia- sin que hasta ahora haya sido posible hallarle sustitutivo- que siendo la guerra uno de los azotes más tremendos de la humanidad, es a veces el remedio heroico, único, para centrar las cosas en el quicio de la justicia y volverlas al reinado de la paz. Por esto la Iglesia, aun siendo hija del Príncipe de la Paz, bendice los emblemas (pf) de la guerra, ha fundado las Ordenes Militares y ha organizado Cruzadas contra los enemigos de la fe.
No es este nuestro caso. La Iglesia no ha querido esta guerra ni la buscó, y no creemos necesario vindicarla de la nota de beligerante con que en periódicos extranjeros se ha censurado a la Iglesia en España. Cierto que miles de hijos suyos, obedeciendo a los dictados de su conciencia y de su patriotismo, y bajo su responsabilidad personal, alzaron en armas para salvar los principios de religión y justicia cristiana que secularmente habían informado la vida de la Nación; pero quien la acuse de haber provocado esta guerra, o de haber conspirado para ella, y aun de no haber hecho cuanto en su mano estuvo para evitarla, desconoce o falsea la realidad.
Esta es la posición del Episcopado español, de la Iglesia española, frente al hecho de la guerra actual. Se la vejó y persiguió antes de que estallara; ha sudo víctima principal de la furia de una de las partes contendientes; y no ha cesado de trabajar, con su plegaria, con sus exhortaciones, con su influencia, para aminorar sus daños y abreviar los días de prueba.
Y si hoy, colectivamente, formulamos nuestro veredicto en la cuestión complejísima de la guerra de España, es, primero, porque, aun cuando la guerra fuese de carácter político o social, ha sido tan grave su represión de orden religioso, y ha aparecido tan claro, desde sus comienzos, que una de las partes beligerantes iba a la eliminación de la religión católica en España, que nosotros, Obispos católicos no podíamos inhibirnos sin dejar abandonados los intereses de nuestro Señor Jesucristo y sin incurrir el tremendo apelativo de "canes muti", con que el Profeta censura a quienes, debiendo hablar, callan ante la injusticia; y luego, porque la posición de la Iglesia española ante la lucha, es decir, del Episcopado español, ha sido torcidamente interpretada en el extranjero: mientras un político muy destacado, en una revista católica extranjera la achaca poco menos que a la ofuscación mental de los Arzobispos españoles, a los que califica de ancianos que deben al régimen monárquico y que han arrastrado por razones de disciplina y obediencia a los demás Obispos en un sentido favorable al movimiento nacional, otros nos acusan de temerarios al exponer a las contingencias de un régimen absorbentes y tiránico el orden espiritual de la Iglesia, cuya libertad tenemos obligación de defender.
No; esta libertad la reclamamos ante todo, para el ejercicio de nuestro ministerio; de ella arrancan todas las libertades que vindicamos para la Iglesia. Y; en virtud de ella, no nos hemos atado con nadie- personas, poderes o instituciones - aun cuando agradezcamos al amparo de quienes han podido librarnos del enemigo que quiso perdernos, y estemos dispuestos a colaborar, como Obispos y españoles, con quienes se esfuercen en reinstaurar en España un régimen de paz y justicia. Ningún poder político podrá decir que nos hayamos apartado de esta línea, en ningún tiempo.

4º. El quinquenio que precedió a la guerra
Afirmamos, ante todo, que esta guerra la ha acarreado la temeridad, los errores, tal vez la malicia o la cobardía de quien hubiesen podido evitarla gobernando la nación según justicia.
Dejando otras causas de menor eficiencia, fueron los legisladores de 1931, y luego el poder ejecutivo del Estado con sus prácticas de gobierno, lo que se empeñaron en torcer bruscamente la ruta de nuestra historia en un sentido totalmente contrario a la naturaleza y exigencias del espíritu nacional, y especialmente opuesto al sentido religioso predominante en el país. La Constitución y las leyes laicas que desarrollaron su espíritu fueron un ataque violento y continuado a la conciencia nacional. Anulando los derechos de Dios y vejada la Iglesia, quedaba nuestra sociedad enervada, en el orden legal, en lo que tiene de más sustantivo la vida social, que es la religión. El pueblo español que, en su mayor parte, mantenía viva la fe de sus mayores, recibió con paciencia invicta los reiterados agravios hechos a su conciencia por leyes inicuas; pero la temeridad de sus gobernantes había puesto en el alma nacional, junto con el agravio, un factor de repudio y de protesta contra un poder social que había faltado a la justicia más fundamental, que es la que se debe a Dios y a la conciencia de los ciudadanos.
Junto con ello, la autoridad, en múltiples y graves ocasiones, resignaba en la plebe sus poderes. Los incendios de los templos en Madrid y provincias, en Mayo de 1931, las revueltas de Octubre de 1934, especialmente en Cataluña y Asturias, donde reinó la anarquía durante dos semanas; le período turbulento que corre en Febrero a Julio de 1936, durante el cual fueron destruidas o profanadas 411 iglesias y se cometieron cerca de 3000 atentados graves de carácter político y social, presagiaban la ruina total de la autoridad pública, que se vio sucumbir con frecuencia a la fuerza de poderes ocultos que mediatizaban sus funciones.
Nuestro régimen político de libertad democrática se desquició, por arbitrariedad del Estado y por coacción gubernamental que trastocó la voluntad popular, constituyendo una máquina política en pugna con la mayoría política de la nación, dándose el caso, en las últimas elecciones parlamentarias, Febrero de 1936, de que, con más de medio millón de votos de exceso sobre la izquierdas, obtuviesen las derechas 118 diputados menos que el Frente Popular, por haberse anulado caprichosamente las actas de provincias enteras, viciándose así en su origen la legitimidad del Parlamento.
Y a medida que se descomponía nuestro pueblo por la relajación de los vínculos sociales y se desangraba nuestra economía y se alteraba sin tino el ritmo del trabajo y se debilitaba maliciosamente la fuerza de las instituciones de defensa social, otro pueblo poderoso, Rusia, empalmando con los comunistas de acá, por medio del teatro y el cine, con ritos y costumbres exóticas, por la fascinación intelectual y el soborno material, preparaba el espíritu popular para el estallido de la revolución, que se señalaba casi a plazo fijo.
El 27 de Febrero de 1936, a raíz del triunfo del Frente Popular, el KOMINTERN ruso decretaba la revolución española y la financiaba con exorbitantes cantidades. El 1º de Mayo siguiente centenares de jóvenes postulaban públicamente en Madrid "para bombas y pistolas, pólvora y dinamita para la próxima revolución". El 16 del mismo mes se reunía en la Casa del Pueblo de Valencia representantes de la URSS con delegados españoles de la III Internacional, resolviendo, en el 9º de sus acuerdos: "Encargar a uno de los radios de Madrid, el designado con el número 25, integrado por agentes de policía en activo, la eliminación de los personajes políticos y militares destinados a jugar un papel de interés en la contrarrevolución". Entre tanto, desde Madrid a las aldeas más remotas aprendían las milicias revolucionarias la instrucción militar y se las armaba copiosamente, hasta el punto de que, al estallar la guerra, contaba con 150000 soldados de asalto y 100000 de resistencia.Os parecerá, Venerables Hermanos, impropia de un Documento episcopal la enumeración de estos hechos. Hemos querido sustituirlo a las razones de derecho político que pudiesen justificar un movimiento nacional de resistencia. Sin Dios, que debe estar en el fundamento y a la cima de la vida social; sin autoridad, a la que nada puede sustituir en sus funciones creadoras del orden y mantenedora del derecho ciudadano; con la fuerza material al servicio de los sin Dios ni conciencia, manejados por agentes poderosos de orden internacional, España debía deslizarse hacia la anarquía, que es lo contrario del bien común y de la justicia y orden social. Aquí han venido a parar las regiones españolas en que la revolución marxista ha seguido su curso inicial.
Estos son los hechos. Cotéjense con la doctrina de Santo Tomás sobre el derecho a la resistencia defensiva por la fuerza y falle cada cual en justo juicio. Nadie podrá negar que, al tiempo de estallar el conflicto, la misma existencia del bien común, - la religión, la justicia, la paz -, estaba gravemente comprometida; y que el conjunto de las autoridades sociales y de los hombres prudentes que constituyen el pueblo en su organización natural y en sus mejores elementos reconocían el público peligro. Cuanto a la tercera condición (pf) que requiere el Angélico, de la convicción de los hombres prudentes sobre la probabilidad del éxito, la dejemos al juicio de la historia: los hechos, hasta ahora, no le son contrarios.
Respondemos a un reparo, que una revista extranjera concreta al hecho de los sacerdotes asesinados y que podría extenderse a todos los que constituyen este inmenso transtorno social que ha sufrido España. Se refiere a la posible de que, de no haberse producido el alzamiento, no se hubiese alterado la paz pública: "A pesar de los desmanes de los rojos- leemos- queda en pie la verdad que si Franco no se hubiese alzado, los centenares o millones de sacerdotes que han sido asesinados hubiesen conservado la vida y hubiesen continuado haciendo en las almas la obra de Dios". No podemos suscribir esta afirmación, testigo como somos da la situación de España al estallar el conflicto. La verdad es lo contrario; porque es cosa documentalmente probada que en el minucioso proyecto de la revolución marxista que se gestaba, y que habría estallado en todo el país, si en gran parte de él no lo hubiese impedido el movimiento cívico-militar, estaba ordenado el exterminio del clero católico, como el de los derechistas calificados, como la sovietización de las industrias y la implantación del comunismo. Era por Enero último cuando un dirigente anarquista decía al mundo por radio: "Hay que decir las cosas tal y como son, y la verdad no es otra que la de que los militares se nos adelantaron para evitar que llegáramos a desencadenar la revolución".
Quede, pues, asentado, como primera afirmación de este Escrito, que un quinquenio de continuos atropellos de los súbditos españoles en el orden religioso y social puso en gravísimo peligro la existencia misma del bien público y produjo enorme tensión en el espíritu del pueblo español; que estaba en la conciencia nacional que, agotados va los medios legales, no había más recurso que el de la fuerza para sostener el orden y la paz; que poderes extraños a la autoridad tenida por legítima decidieron subvertir el orden constituido e implantar violentamente el comunismo; y, por fin, que por lógica fatal de los hechos no le quedaba a España mas que esta alternativa: o sucumbir en la embestida definitiva del comunismo destructor, ya planeada y decretada, como ha ocurrido en la regiones donde no triunfó el movimiento nacional, o intentar, es esfuerzo titánico de resistencia, librarse del terrible enemigo y salvar los principio fundamentales de su vida social y de sus características nacionales.

Actualizado 1 julio 2012

75 aniversario de la Carta Colectiva del Episcopado Español (II)

5º. El alzamiento militar y la revolución comunista
El 18 de Julio del año pasado se realizó el alzamiento militar y estalló la guerra que aún dura. Pero nótese, primero, que la sublevación militar no se produjo, ya desde sus comienzos, sin colaboración con el pueblo sano, que se incorporó en grandes masas al movimiento que, por ello, debe calificarse de cívico-militar; y segundo, que este movimiento y la revolución comunista son dos hechos que no pueden separarse, si se quiere enjuiciar debidamente la naturaleza de la guerra. Coincidentes en el mismo momento inicial del choque, marcan desde el principio la división profunda de las dos Españas que se batirán en los campos de batalla.



Aún hay más: el movimiento no se produjo sin que los que lo iniciaron intimaran previamente a los poderes públicos a oponerse por los recursos legales a la revolución marxista inminente. La tentativa fue ineficaz y estalló el conflicto, chocando las fuerzas cívico-militares, desde el primer instante, no tanto con las fuerzas gubernamentales que intentaran reducirlo como con la furia desencadenada de unas milicias populares que, al amparo, por lo menos, de la pasividad gubernamental, encuadrándose en los mandos oficiales del ejército (pf) y utilizando, a más del que ilegítimamente poseían, el armamento de los parques del Estado, se arrojaron como avalancha destructora contra todo lo que constituye un sostén en la sociedad.
Esta es la característica se la reacción obrada en el campo gubernamental contra el alzamiento cívico-militar. Es, ciertamente, un contraataque por parte de las fuerzas fieles al Gobierno; pero es, ante todo, una lucha en comandita con las fuerzas anárquicas que se sumaron a ellas y que con ellas pelearán juntas hasta el fin de la guerra. Rusia, lo sabe el mundo, se injertó en le ejercito gubernamental tomando parte en sus mandos, y fue a fondo, aunque conservándose la apariencia del Gobierno del Frente Popular, a la implantación del régimen comunista por la subversión del orden social establecido. Al juzgar de la legitimidad del movimiento nacional, no podrá prescindirse de la intervención, por la parte contraria, de estas "milicias anárquica incontrolables" - es palabra de un ministro del Gobierno de Madrid - cuyo poder hubiese prevalecido sobre la nación.
Y porque Dios es el más profundo, cimiento de una sociedad bien ordenada- lo era de la nación española- la revolución comunista, aliada de los ejércitos del Gobierno, fue, sobre todo, antidivina. Se cerraba así el ciclo de la legislación laica de la Constitución de 1931 con la destrucción de cuanto era cosa de Dios. Salvamos toda intervención personal de quienes no han militado conscientemente bajo este signo; sólo trazamos la trayectoria general de los hechos.
Por esto se produjo en el alma una reacción de tipo religioso, correspondiente a la acción nihilista y destructora de los sin-Dios. Y España quedó dividida en dos grandes bandos militantes; cada uno de ellos fue como el aglutinante de cada una de las dos tendencias profundamente populares; y a su alrededor, y colaborando con ellos, polarizaron, en forme de milicias voluntarias y de asistencia y servicios de retaguardia, las fuerzas opuestas que tenían divida a la nación.
La guerra es, pues, como un plebiscito armado. La lucha blanca de los comicios de Febrero de 1936, en que la falta de conciencia política del gobierno nacional dio arbitrariamente a las fuerzas revolucionarias un triunfo que no había logrado en las urnas, se transformó, por la contienda cívico-militar, en la lucha cruenta de un pueblo partido en dos tendencias: la espiritual, del lado de los sublevados, que salió a la defensa del orden, la paz social, la civilización tradicional y la patria, y muy ostensiblemente, en un gran sector, para la defensa de la religión; y de la otra parte, la materialista, llámese marxista, comunista o anarquista, que quiso sustituir la vieja civilización de España, con todos sus factores, por la novísima "civilización" de los soviets rusos.
Las ulteriores complicaciones de la guerra no han variado más que accidentalmente su carácter: el internacionalismo comunista ha corrido al territorio español en ayuda del ejército y pueblo marxista; como, por la natural exigente de la defensa y por consideraciones de carácter internacional, han venido en ayuda de la España tradicional armas y hombres de otros países extranjeros. Pero los núcleos nacionales (pf) siguen igual aunque la contienda, siendo profundamente popular, haya llegado a revestir caracteres de la lucha internacional.
Por esto observadores perspicaces han podido escribir estas palabras sobre nuestra guerra: "Es una carrera de velocidad entre el bolchevismo y la civilización cristiana". "Una etapa nueva y tal vez decisiva en la lucha entablada entre la Revolución y el Orden". "Una lucha internacional en un campo de batalla nacional; el comunismo libra en la Península una formidable batalla, de la que depende la suerte de Europa".
No hemos hecho más que un esbozo histórico, del que deriva esta afirmación: El alzamiento cívico-militar fue en su origen un movimiento nacional de defensa de los principios fundamentales de toda sociedad civilizada; en su desarrollo, lo ha sido contra la anarquía coaligada con las fuerzas al servicio de un gobierno que no supo o no quiso titular aquellos principios.


Consecuencia de esta afirmación son las conclusiones siguientes:

Primera:

Que la Iglesia, a pesar de su espíritu de paz, y de no haber querido la guerra ni haber colaborado en ella, no podía ser indiferente en la lucha: se lo impedía su doctrina y su espíritu el sentido de conservación y la experiencia de Rusia. De una parte se suprimía a Dios, cuya obra a de realizar la Iglesia en el mundo, y se causaba a la misma un daño inmenso, en personas, cosas y derechos, como tal vez no la haya sufrido institución alguna en la historia; de la otra, cualesquiera que fuesen los humanos defectos, estaba el esfuerzo por la conservación del viejo espíritu, español y cristiano.

Segunda:

La Iglesia, con ello, no ha podido hacerse solidaria de conductas, tendencias o intenciones que, en el presente o en lo porvenir, pudiesen desnaturalizar la noble fisonomía del movimiento nacional, en su origen, manifestaciones y fines.

Tercera:

Afirmamos que el levantamiento cívico-militar ha tenido en el fondo de la conciencia popular de un doble arraigo: el del sentido patriótico, que ha visto en él la única manera de levantar a España y evitar su ruina definitiva; y el sentido religioso, que lo consideró como la fuerza que debía reducir a la impotencia a los enemigos de Dios, y como la garantía de la continuidad de su fe y de la práctica de su religión.

Cuarta:

Hoy, por hoy, no ha en España más esperanza para reconquistar la justicia y la paz y los bienes que de ellas deriva, que el triunfo del movimiento nacional. Tal vez hoy menos que en los comienzos de la guerra, porque el bando contrario, a pesar de todos los esfuerzos de sus hombres de gobierno, no ofrece garantías de estabilidad política y social.


6º. Caracteres de la revolución comunista

Puesta en marcha la revolución comunista, conviene puntualizar sus caracteres. Nos ceñimos a las siguientes afirmaciones, que derivan del estudio de hechos plenamente probados, muchos de los cuales constan en informaciones de toda garantía, descriptivas y gráficas, que tenemos a la vista. Notamos que apenas hay información debidamente autorizada más que del territorio liberado del dominio comunista. Quedan todavía bajo las armas del ejército rojo, en todo o parte, varias provincias; se tiene aún escaso conocimiento de los desmanes cometidos en ellas, los más copiosos y graves.
Enjuiciando globalmente los excesos de la revolución comunista española afirmamos que en la historia de los pueblos occidentales no se conoce un fenómeno igual de vesania colectiva, ni un cúmulo semejante, producido en pocas semanas, de atentados cometidos contra los derechos fundamentales de Dios, de la sociedad y de la persona humana. Ni sería fácil, recogiendo los hechos análogos y ajustando sus trazos característicos para la composición de figuras crimen, hallar en la historia una época o un pueblo que pudieran ofrecernos tales y tantas aberraciones. Hacemos historia, sin interpretaciones de carácter psicológico o social, que reclamarían particular estudio. La revolución anárquica ha sido ´excepcional en la historia´.
Añadimos que la hecatombe producida en personas y cosas por la revolución comunista fue ´premeditada´. Poco antes de la revuelta habían llegado de Rusia 79 agitadores especializados. La Comisión Nacional de Unificación Marxista, por los mismos días ordenaba la constitución de las milicias revolucionarias en todos los pueblos. La destrucción de las iglesias, o a lo menos, de su ajuar, fue sistemática y por series. En el breve espacio de un mes se habían inutilizado todos los templos para el culto. Ya en 1931 la Liga Atea tenía en su programa un articulo que decía: ´Plebiscito sobre el destino que hay que dar a las iglesias y casas parroquiales´; y uno de los Comités provinciales daba esta norma: ´El local o locales destinados hasta ahora al culto destinarán a almacenes colectivos, mercados públicos, bibliotecas populares, casas de baños o higiene pública, etc.; según convenga a las necesidades de cada pueblo´. Para la eliminación de personas destacadas que se consideraban enemigas de la revolución se habían formado previamente las "listas negras" . En algunas, y en primer lugar, figuraba el Obispo. De los sacerdotes decía un jefe comunista, ante la actitud del pueblo que quería salvar a su párroco: "Tenemos orden de quitar toda su semilla".
Prueba elocuentísima de que de la destrucción de los templos y la matanza de los sacerdotes, en forma totalitaria fue cosa premeditada, es su número espantoso. Aunque son prematuras las cifras, contamos unas 20.000 iglesias y capillas destruidas o totalmente saqueadas. Los sacerdotes asesinados, contando un promedio del 40 por 100 en las diócesis desbastadas en algunas llegan al 80 por 100 sumarán, sólo del clero secular, unos 6.000. Se les cazó con perros, se les persiguió a través de los montes; fueron buscados con afán en todo escondrijo. Se les mató sin perjuicio las más de las veces, sobre la marcha, sin más razón que su oficio social.
Fue "cruelísima" la revolución. Las formas de asesinato revistieron caracteres de barbarie horrenda. En su número: se calculan en número superior de 300.000 los seglares que han sucumbido asesinados, sólo por sus ideas políticas y especialmente religiosas: en Madrid, y en los tres meses primeros, fueron asesinados más de 22.000. Apenas hay pueblo en que no se haya eliminado a los más destacados derechistas. Por la falta de forma: sin acusación, sin pruebas, las más de las veces sin juicio. Por los vejámenes: a muchos se les han amputado los miembros o se les ha mutilado espantosamente antes de matarlos; se les han vaciados los ojos, cortado la lengua, abierto en canal, quemado o enterrado vivos, matado a hachazos. La crueldad máxima se ha ejercido en los ministros de Dios. Por respeto y caridad no queremos puntualizar más.
La revolución fue "inhumana". No se ha respetado el pudor de la mujer, ni aún la consagrada a Dios por sus votos. Se han profanado las tumbas y cementerios. En el famoso monasterio románico de Ripoll se han destruido los sepulcros, entre los que había el de Wifredo el Velloso, conquistador de Cataluña, y el del Obispo Morgades, restaurador del célebre cenobio. En Vich se ha profanado la tumba del gran Balmes y leemos que se ha jugado al fútbol con el cráneo del gran Obispo Torras y Bages. En Madrid y en el cementerio viejo de Huesca se han abierto centenares de tumbas para despojar a los cadáveres del oro de sus dientes o de sus sortijas. Algunas formas de martirio suponen la subversión o supresión del sentido de humanidad.
La revolución fue "bárbara", en cuanto destruyó la obra de civilización de siglos. Destruyó millares de obras de arte, muchas de ellas de fama universal. Saqueó o incendió los archivos imposibilitando la rebusca histórica y la prueba instrumental de los hechos jurídico y social. Quedan centenares de telas pictóricas acuchilladas (pf), de esculturas mutiladas, de maravillas arquitectónicas para siempre deshechas. Podemos decir que el caudal de arte, sobre todo religioso, acumulado en siglos, ha sido estúpidamente destrozado en unas semanas, en las regiones dominadas por los comunistas. Hasta el Arco de Bará, en Tarragona, obra romana que había visto veinte siglos, llevó la dinamita su acción destructora. Las famosas colecciones de arte de la Catedral de Toledo, del Palacio de Liria, del Museo del Prado, han sido torpemente expoliadas. Numerosas bibliotecas han desaparecido. Ninguna guerra, ninguna invasión bárbara, ninguna conmoción social, en ningún tiempo: una organización sabia, puesta al servicio de un terrible propósito de aniquilamiento, concentrado contra las cosas de Dios, y los modernos medios de locomoción y destrucción al alcance de toda mano criminal.
Conculcó la revolución lo más elementales principios del "derecho de gentes". Recuérdense las cárceles de Bilbao, donde fueron asesinado por las multitudes, en forma inhumana, centenares de presos, las represalias cometidas en los rehenes custodiados en buques y prisiones, sin más razón que un contratiempo de guerra; los asesinatos en masa, atados los infelices prisioneros e irrigados con el chorro de balas de las ametralladoras; el bombardeo de ciudades indefensas, sin objetivo militar.
La revolución fue esencialmente ´antiespañola´. La obra destructora se realizó a los giros de "¡Viva Rusia!", a la sombra de la bandera internacional comunista. Las inscripciones murales, la apología de personajes forasteros, los mandos militares en manos de jefes rusos, el expolio de la nación a favor de extranjeros, el himno internacional comunista, son prueba sobrada del odio al espíritu nacional y al sentido de patria.
Pero, sobre todo, la revolución fue "anticristiana". No creemos que en la historia del Cristianismo y en espacio de unas semanas se haya dado explosión semejante, en todas las formas de pensamiento, de voluntad y de pasión, del odio contra Jesucristo y su religión sagrada. Tal ha sido el sacrilegio estrago que ha sufrido la Iglesia en España, que el delegado de los rojos españoles enviado al Congreso de los "sin - Dios", en Moscú, pudo decir: "España ha superado en mucho la obra de los Soviets, por cuanto la Iglesia en España ha sido completamente aniquilada".
Contamos los mártires por millares; su testimonio es una esperanza para nuestra pobre patria; pero casi no hallaríamos en el Martirologio romano una forma de martirio no usada por el comunismo, sin exceptuar la crucifixión; y en cambio hay formas nuevas de tormento que han consentido las sustancias y máquinas modernas.
El odio a Jesucristo y a la Virgen ha llegado al paroxismo, y en los centenares de Crucifijos acuchillados, en las imágenes de la Virgen bestialmente profanadas, en los pasquines de Bilbao en que se blasfemaba sacrílegamente de la Madre de Dios, en la infame literatura de las trincheras rojas, en que se ridiculizan los divinos misterios, en la reiterada profanación de las Sagradas Formas, podemos adivinar el odio del infierno encarnado en nuestros infelices comunista. "Tenía jurado vengarme de ti" - le decía uno de ellos al Señor encerrado en el Sagrario; y encañonado la pistola disparó contra él, diciendo: "Ríndete a los rojos; ríndete al marxismo".
Ha sido espantosa la profanación de las sagradas reliquias: han sido destrozados o quemados los cuerpos de San Narciso, San Pascual Bailón, la Beata Beatriz de Silva, San Bernardo Calvó y otros. Las formas de profanación son inverosímiles, y casi no se conciben sin subestación diabólica. Las campanas han sido destrozadas y fundidas. El culto, absolutamente suprimido en todo el territorio comunista, si se exceptúa una pequeña porción del norte. Gran número de templos. Entre ellos verdaderas joyas de arte, han sido totalmente arrasados: en esta obra inicua se ha obligado a trabajar a pobres sacerdotes. Famosas imágenes de veneración secular han desaparecido para siempre, destruidas o quemadas. En muchas localidades la autoridad ha obligado a los ciudadanos a entregar todos los objetos religiosos de su pertenencia para destruirlos públicamente: pondérese lo que esto representa en el orden del derecho natural, de los vínculos de familia y de la violencia hecha a la conciencia cristiana.
Nos seguimos, venerables Hermanos, en la crítica de la actuación comunista en nuestra patria, y dejamos a la historia la fiel narración de los hechos en ella acontecidos. Si se nos acusaran de haber señalado en forma tan cruda estos estigmas de nuestra revolución, nos justificaríamos con el ejemplo de San Pablo, que no duda en vindicar con palabras tremendas la memoria de los profetas de Israelí que tiene durísimos calificativos para los enemigos de Dios; o con el de nuestro Santísimo Padre que, en su Encíclica sobre el Comunismo ateo habla de "una destrucción tan espantosa, llevada a cabo, en España, con un odio, una barbarie y una ferocidad que no se hubiese creído posible en nuestro siglo".
Reiteramos nuestra palabra de perdón para todos y nuestro propósito de hacerles el bien máximo que podamos. Y cerramos este párrafo con estas palabras del "Informe Oficial" sobre las ocurrencias de la revolución en sus tres primeros meses: "No se culpe al pueblo español de otra cosa más que de haber servido el instrumento para la perpetración de estos delitos"... Este odio a la religión y a las tradiciones patrias, de las que eran exponente y demostración tantas cosas para siempre perdidas, ´llegó de Rusia, exportando por orientales de espíritu perverso´. En descargo de tantas víctimas, alucinadas por "doctrinas demonios", digamos que al morir, sancionados por la ley, nuestros comunistas se han reconciliado en su inmensa mayoría con el Dios de sus padres. En Mallorca han muerto impenitentes sólo un dos por ciento; en las regiones del sur no más de un veinte por ciento, y en las del norte no llegan tal vez al diez por ciento. Es prueba del engaño de que ha sido víctima nuestro pueblo.

7º. El movimiento nacional: sus caracteres

Demos ahora un esbozo del carácter del movimiento llamado "nacional". Creemos justa esta denominación. Primero, por su espíritu; porque la nación española estaba disociada, en su inmensa mayoría, de una situación estatal que no supo encarnar sus profundas necesidades y aspiraciones; y el movimiento fue aceptado como una esperanza en toda la nación; en las regiones no liberadas sólo espera romper la coraza de las fuerzas comunistas que le oprimen. Es también nacional por su objetivo, por cuanto tiende a salvar y sostener para lo futuro las esencias de un pueblo organizado en un Estado que sepa continuar dignamente su historia. Expresamos una realidad y un anhelo general de los ciudadanos españoles; no indicamos los medios para realizarlo.
El movimiento ha fortalecido el sentido de patria, contra el exotismo de las fuerzas que le son contrarias. La patria implica una paternidad; es el ambiente moral, como de una familia dilatada, en que logra el ciudadano su desarrollo total; y el movimiento nacional ha determinado una corriente de amor que se ha concentrado alrededor del nombre y de la sustancia histórica de España, con aversión de los elementos forasteros que nos acarrearon la ruina. Y como el amor patrio, cuando se ha sobrenaturalizado por el amor de Jesucristo, nuestro Dios y Señor, toca las cumbres de la caridad cristiana, hemos visto una explosión de verdadera caridad que ha tenido su expresión máxima en la sangre de millares de españoles que le han dado la grito de "¡Viva España!" "¡Viva Cristo Rey!"
Dentro del movimiento nacional se ha producido el fenómeno, maravilloso, del martirio - verdadero martirio, como ha dicho el Papa - de millares de españoles, sacerdotes, religiosos y seglares; y este testimonio de sangre deberá condicionar en lo futuro, so pena de inmensa responsabilidad política, la actuación de quienes, depuestas las armas, hayan de construir el nuevo estado en el sosiego de la paz.
El movimiento ha garantizado el orden en el territorio por él dominado. Contraponemos la situación de las regiones en que ha prevalecido el movimiento nacional a las denominadas aún por los comunistas. De estas puede decirse la palabra del Sabio: "Ubi non est gubernatur, dissipabitur populus"; sin sacerdotes, sin templos, sin culto, sin hambre y la miseria. En cambio, en medio del esfuerzo y del dolor terrible de la guerra, las otras regiones viven en la tranquilidad del orden interno, bajo la tutela de una verdadera autoridad, que es el principio de la justicia, de la paz y del progreso que prometen la fecundidad de la vida social. Mientras en la España marxista se vive sin Dios, en las regiones indemnes o reconquistadas se celebra profusamente el culto divino y pululan y florecen nuevas manifestaciones de la vida cristianaEsta situación permite esperar un régimen de justicia y paz para el futuro. No queremos aventurar ningún presagio. Nuestros males son gravísimos. La relajación de los vínculos sociales; las costumbres de una política corrompida; el desconocimiento de los deberes ciudadanos; la escasa formación de una conciencia íntegramente católica; la división espiritual en orden a la solución de nuestros grandes problemas nacionales; la eliminación, por asesinato cruel, de millares de hombres selectos llamados por su estado y formación a la obra de la reconstrucción nacional; los odios y la escasez que son secuelas de toda guerra civil; la ideología extranjera sobre el Estado, que tiende a descuajarle la idea y de las influencias cristianas; serán dificultada enorme para hacer una España nueva injertada (pf) en el tronco de nuestra vieja historia y vivificada por su savia. Pero tenemos la esperanza de que, imponiéndose con toda su fuerza el enorme sacrificio realizado, encontraremos otra vez nuestro verdadero espíritu nacional. Entramos en él paulatinamente por una legislación en que predomina el sentido cristiano en la cultura, en la moral, en la justicia social y en el honor y culto que se debe a Dios.

Quiera Dios ser en España el primer bien servido, condición esencial para que la nación sea verdaderamente bien servida.

8º. Se responde a unos reparos

No llenaríamos el fin de esta Carta, Venerables Hermanos, si no respondiéramos a algunos reparos que se nos han hecho desde el extranjero.
Se ha acusado a la Iglesia de haberse defendido contra un movimiento popular haciéndose fuerte en sus templos y siguiéndose de aquí la matanza de sacerdotes y la ruina de las iglesias. - Decimos que no. La irrupción contra los templos fue súbita, casi simultánea en todas las regiones, y coincidió con la matanza de sacerdotes. Los templos ardieron porque eran casas de Dios, y los sacerdotes fueron sacrificados porque eran ministros de Dios. La prueba es copiosísima. La Iglesia no ha sido agresora. Fue la primera bienhechora del pueblo, inculcando la doctrina y fomentando las obras de justicia social. Ha sucumbido - donde ha dominado el comunismo anárquico - víctima inocente, pacífica, indefensa.
Nos requieren del extranjero para que digamos si es cierto que la iglesia en España era propietaria del tercio del territorio nacional, y que el pueblo se ha levantado para librarse de su opresión.- Es acusación ridícula. La Iglesia no poseía más que pocas e insignificantes parcelas, casas sacerdotales y de educación, y hasta de esto se había útilmente incautado el Estado. Todo lo que posee la Iglesia en España no llenaría la cuarta parte de sus necesidades, y responde a sacratísimas obligaciones.
Se le imputa a la Iglesia la nota de temeridad y partidismo la mezclarse en la contienda que tiene dividida a la nación.- La Iglesia se ha puesto siempre del lado de la justicia y de la paz, y ha colaborado con los poderes del Estado, en cualquier situación, al bien común. No se ha atado a nadie, fuesen partidos, personas o tendencias. Situada por encima de todos y de todo, ha cumplido sus deberes de adoctrinar y exhortar a la caridad, sintiendo pena profunda por haber sido perseguida y repudiada por gran número de sus hijos extraviados. Apelamos a los copiosos escritos y hechos que abonan estas afirmaciones.
Se dice que esta guerra es de clases, y que la Iglesia se ha puesto del lado de los ricos.- Quienes conocen sus causas y naturaleza saben que no. Que aun reconociendo algún descuido en el cumplimiento de los deberes de justicia y caridad, que la iglesia ha sido la primera en urgir, las clases trabajadoras estaban fuertemente protegidas por la ley, y la nación había entrado por el franco camino de una mejor distribución de la riqueza. La lucha de clases es más virulenta en otros países que en España. Precisamente en ella se ha librado de la guerra horrible gran parte de las regiones más pobres, y se ha ensañado más donde ha sido mayor el coeficiente de la riqueza y del bienestar del pueblo. Ni pueden echarse en el olvido nuestra avanzada legislación social y nuestras prósperas instituciones de beneficencia y asistencia pública y privada, de abolengo español, y cristiano. El pueblo fue engañado con promesas irrealizables, incompatibles no sólo con la vida económica del país, sino con cualquier clase (pf) de vida económica organizada. Aquí está la bienandanza de las regiones indemnes, y la miseria, que se adueñó ya de las que han caído bajo el dominio comunista.
La guerra de España, dice, no es más que un episodio de la lucha universal entre la democracia y el estatismo; el triunfo del movimiento nacional llevará a la nación a la esclavitud del Estado. La Iglesia de España - leemos en una revista extranjera - ante el dilema de la persecución por el Gobierno de Madrid o la servidumbre a quienes representan tendencias políticas que nada tiene de cristiano, ha optado por la servidumbre.- No es éste el dilema que se ha planteado a la Iglesia en nuestro país, sino éste: La iglesia, antes de perecer totalmente en manos del comunismo, como ha ocurrido en las regiones por él dominadas, se siente amparada por un poder que hasta ahora ha garantizado los principios fundamentales de toda sociedad, sin miramiento ninguno a sus tendencias políticas.
Cuanto a lo futuro, no podemos predecir lo que ocurrirá al final de la lucha. Si que afirmamos que la guerra no se ha emprendido para levantar un Estado autócrata sobre una nación humillada, sino para que resurja el espíritu nacional con la pujanza y la libertad cristiana de los tiempos viejos. Confiamos en la prudencia de los hombres de gobierno, que no querrán aceptar moldes extranjeros para la configuración del Estado español futuro, sino que tendrán en cuenta las exigencias de la vida íntima nacional y la trayectoria marcada por los siglos pasados. Toda sociedad bien ordenada basa sobre principios profundos y de ellos vive, no de aportaciones adjetivas y extrañas, discordes con el espíritu nacional. La vida es más fuerte que lo programas, y un gobernante prudente no impondrá un programa que violente las fuerzas íntimas de la nación. Seríamos los primeros en lamentar que la autocracia irresponsable de un parlamento fuese sustituida por la más terrible de una dictadura desarraigada de la nación. Abrigamos la esperanza legítima de que no será así. Precisamente lo que ha salvado a España en el gravísimo momento actual ha sido la persistencia de los principios seculares que han informado nuestra vida y el hecho de que un gran sector de la nación se alzara para defenderlos. Sería un error quebrar la trayectoria espiritual del país, y no es de creer que se caiga en él.
Se imputan a los dirigentes del movimiento nacional crímenes semejantes a los cometidos por los del Frente Popular. "El ejército blanco, leemos en acreditada revista católica extranjera, recurre a medios injustificado, contra los que debemos protestar... El conjunto de informaciones que tenemos indica que el terror blanco reina en la España nacionalista con todo el horror que representan casi todos los terrores revolucionarios... Los resultados obtenidos parecen despreciables al lado del desarrollo de crueldad metódicamente organizada de que hacen prueba las tropas". - El respetable articulista está malísimamente informado. Tiene toda guerra sus excesos; los habrá tenido, sin duda, el movimiento nacional; nadie se defiende con total serenidad de las cosas arremetidas de un enemigo sin entrañas. Reprobando en nombre de la justicia y de la caridad cristianas todo exceso que se hubiese cometido, por error o por gente subalterna y que metódicamente ha abultado la información extranjera, decimos que el juicio que rectificamos no responde a la verdad, y afirmamos que va una distancia enorme, infranqueable, y entre los principios de justicia, de su administración y de la forma de aplicarla entre una y otra parte. Más bien diríamos que la justicia del Frente Popular ha sido una historia horrible de atropellos a la justicia, contra Dios, la sociedad y los hombres. No puede haber justicia cuando se elimina a Dios, principio de toda justicia. Matar por matar, destruir por destruir; expoliar al adversario no beligerante, como principio de actuación cívica y militar, he aquí lo que se puede afirmar de los unos con razón y no se puede imputar a los otros sin injusticia.
Dos palabras sobre le problema de nacionalismo vasco, tan desconocido y falseado y del que se ha hecho arma contra el movimiento nacional.- Toda nuestra admiración por las virtudes cívicas y religiosas de nuestros hermanos vascos. Toda nuestra caridad por la gran desgracia que les aflige, que consideramos nuestra, porque es de la patria. Toda nuestra pena por la ofuscación que han sufrido sus dirigentes en un momento grave de su historia. Pero toda nuestra reprobación por haber desoído la voz de la Iglesia y tener realidad en ellos las palabras del Papa en su Encíclica sobre el comunismo: "Los agentes de destrucción, que no son tan numerosos, aprovechándose de estas discordias (lo de los católicos), las hacen más estridentes, y acaban por lanzar a la lucha a los católicos los unos a los otros. - "Los que trabajando por aumentar las disensiones entre católicos toman sobre sí una terrible responsabilidad, ante Dios y ante la Iglesia". - "El comunismo es intrínsecamente perverso, y no se puede admitir que colaboren con él, en ningún terreno, los que quieren salvar la civilización cristiana". - "Cuanto las regiones, donde el comunismo consigue penetrar, más se distingan por la antigüedad y grandeza de su civilización cristiana, tanto más devastador se manifestará allí el odio de los ´sin - Dios´".
En una revista extranjera de gran circulación se afirma que el pueblo se ha separado en España del sacerdote porque éste se recluta en la clase señoril; y que no quiere bautizar a sus hijos por los crecidos derechos de administración del Sacramento.- A lo primero respondemos que las vocaciones en los distintos Seminarios de España están reclutados en la siguiente forma: Número total de seminaristas en 1935: 7401; nobles, 6; ricos, con un capital superior de 10.000 pesetas, 115; pobres, o casi pobres, 7280. A lo segundo, que antes del cambio de régimen no llegaban los hijos de padres católicos no bautizados al uno por diez miel; el arancel es modicísimo, y nulo para los pobres.

9º. Conclusión

Cerramos, Venerables Hermanos, esta ya larga Carta rogándonos nos ayudéis a lamentar la gran catástrofe nacional de España, en que se han perdido, con la justicia y la paz, fundamento del bien común y de aquella vida virtuosa de la Ciudad de que nos habla el Angélicos, tantos valores de civilización y de vida cristiana. El olvido de la verdad y de la virtud, en el orden político, económico y social, nos ha acarreado esta desgracia colectiva. Hemos sido mal gobernados, porque, como dice Santo Tomás, Dios hace reinar le hombre hipócrita por causa de los pecados del pueblo.
A vuestra piedad, añadid la caridad de vuestras oraciones y las de vuestros fieles; para que aprendamos la lección del castigo con que Dios nos ha probado: para que se reconstruya pronto nuestra patria y pueda llenar sus destinos futuros , de que son presagio los que ha cumplido en siglos anteriores; para que se contenga , con el esfuerzo y las oraciones de todos, esta inundación de comunismo que tiende a anular al Espíritu de Dios y al espíritu hombre, únicos polos que han sostenido las civilizaciones que fueron.
Y completad vuestra obra con la caridad de la verdad sobre las cosas de España. "Non est addenda afflictio afflictis"; a la pena por lo que sufrimos se ha añadido la de no haberse comprendido nuestros sufrimientos. Más, la de aumentarlos con la mentira, con la insidia, con la interpretación torcida de los hechos. No se nos ha hechos siquiera el honor de considerarnos víctimas. La razón y la justicia se han pesado en lamisca balanza que la sinrazón u la injusticia, tal vez la mayor que han visto los siglos. Se ha dado el mismo crédito al periódico asalariado, al folleto procaz o al escrito del español prevaricador, que ha arrastrado por el mundo con vilipendio el nombre de su madre patria, que a la voz de los Prelados, al concienzudo estudio del moralista o a la relación auténtica del cúmulo de hechos que son afrenta de la humana historia. Ayudadnos a difundir la verdad. Sus derechos sin imprescriptibles, sobre todo cuando se trata del honor de un pueblo, de los prestigios de la Iglesia, de la salvación del mundo. Ayudadnos con la divulgación del contenido de estas Letras, vigilando la prensa y la propaganda católica, rectificando los errores de la indiferente o adversa. El hombre enemigo ha sembrado copiosamente la cizaña: ayudadnos a sembrar profusamente la buena semilla.
Consentidnos una declaración última. Dios sabe que amamos en las entrañas de Cristo y perdonamos de todo corazón a cuantos, sin saber lo que hacían, han inferido daño gravísimo a la Iglesia y a la Patria. Son hijos nuestros. Invocamos ante Dios y a favor de ellos los méritos de nuestros mártires, de los diez Obispos y de los miles de sacerdotes y católicos que murieron perdonándoles, así como el dolor, como de mar profundo, que sufre nuestra España. Rogad para que en nuestra patria se extingan los odios, se acerquen las almas y volvamos a ser todos unos en los vínculos de la caridad. Acordaos de nuestros Obispos asesinados, de tantos millares de sacerdotes, religiosos y seglares selectos que sucumbieron sólo porque las milicias escogida de Cristo; y pedid al Señor que dé fecundidad a su sangre generosa. De ninguno de ellos se sabe que claudicara en la hora del martirio; por millares dieron altísimos ejemplos de heroísmo. Es gloria inmarcesible de nuestra España. Ayudadnos a orar, y sobre nuestra tierra, regada hoy con sangre de hermanos, brillará otra vez el iris de la paz cristiana y se reconstruirán a la par nuestra Iglesia, tan gloriosa, y nuestra Patria, tan fecunda.
Y que la paz del Señor sea con todos nosotros, ya que nos ha llamado a todos a la gran obra de la paz universal, que es el establecimiento del Reino de Dios en el mundo por la edificación del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, de la que nos ha constituido Obispos y Pastores.
Os escribimos desde España, haciendo memoria de los Hermanos difuntos y ausentes de la patria, en la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, 1º de Julio de 1937

ISIDRO, Card. GOMÁ Y TOMÁS, Arzobispo de Toledo; EUSTAQUIO, Card. ILUNDAIN Y ESTEBAN, Arzobispo de Sevilla; PRUDENDIO, Arzobispo de Valencia; MANUEL, Arzobispo de Burgos; RIGOBERTO, Arzobispo de Zaragoza; TOMAS, Arzobispo de Santiago; AGUSTIN, Arzobispo de Granada, Administrador Apostólico de Almería, Guadix y Jaén; ADOLFO, Obispo de Córdoba, Administrador Apostólico del Obispado Priorato de Ciudad Real; JOSÉ, Arzobispo-Obispo de Mallorca; LEOPOLDO, Obispo de Madrid-Alcalá; MANUEL, Obispo de Palencia; ENRIQUE, Obispo de Salamanca; VALENTIN, Obispo de Solsona; JUSTINO, Obispo de Urgel; MIGUEL DE LOS SANTOS, Obispo de Cartagena; FIDEL, Obispo de Calahorra; FLORENCIO, Obispo de Orense; RAFAEL, Obispo de Lugo; FELIX, Obispo de Tortosa; FR. ALBINO, Obispo de Tenerife; JUAN, Obispo de Jaca; JUAN, Obispo de Vich; NICANOR, Obispo de Tarazona, Administrador Apostólico de Tudela; JOSÉ, Obispo de Santander; FELICIANO, Obispo de Plasencia; ANTONIO, Obispo de Quersoneso de Creta, Administrador Apostólico de Ibiza; LUCIANO, Obispo de Segovia; MANUEL, Obispo de Zamora; MANUEL, Obispo de Curio, Administrador Apostólico de Ciudad Rodrigo; LINO, Obispo de Huesca; ANTONIO, Obispo de Tuy; JOSÉ MARIA, Obispo de Badajoz; JOSÉ, Obispo de Gerona; JUSTO, Obispo de Oviedo; FR. FRANCISCO, Obispo de Coria; BENAJAMIN, Obispo de Mondoñedo; TOMÁS, Obispo de Osma; FR. ANSELMO, Obispo de Teruel-Albarracín; SANTOS, Obispo de Avila; BALBINO, Obispo de Málaga; MARCELINO, Obispo de Pamplona; ANTONIO, Obispo de Canarias; HILARIO YABEN. Vicario Capitular de Sigüenza; EUGENIO DOMAICA, Vicario Capitular de Cádiz; EMILIO F. GARCÍA, Vicario Capitular de Ceuta; FERNANDO ALVAREZ, Vicario Capitular de León; JOSÉ ZURITA, Vicario Capitular de Valladolid.